domingo, 14 de febrero de 2016

Génesis XI


En el segundo parto de Boyne nació una mujer, la primera hembra con dos líneas genéticas, una preciosa niña, blanca con los ojos color cielo. Nebeoci nació mientras Ceres y la luna estaban alineados con la tierra en una cálida noche de primavera. Llevaba el carácter creador de su madre y el indómito de sus abuelos los dioses, jamás doblegó su voluntad a la de ningún hombre ni bestia. Mucho más astuta, seductora y perspicaz que el resto de los hijos mortales de la diosa creadora, para ella todo era natural y sencillo. Con una enorme capacidad de análisis, dejaba boquiabiertos a sus hermanos cuando discutía con ellos. Desde pequeña se convirtió en la niña mimada de Adán, que la consentía todo lo que deseaba hacer. Con el tiempo se convirtió en una hermosa mujer, tan peligrosa como su misma madre porque nació con el don de la predicción. Nada podía ocurrir fuera de sus ojos, el futuro se presentaba ante ella con la misma naturalidad que las gotas de lluvia o la luz del sol.

Ocurrió una mañana en la que Ceres y la luna volvían a estar en conjunción, olía al fuego sagrado, sonaba el agua en corrientes dentro de la tierra, la misma que alimenta los árboles que Bohyne mimaba. Los árboles destinados a custodiar su espíritu inmortal.

-       Padre, de mí nacerá la estirpe más poderosa del orbe. Tu descendencia será tan numerosa como las estrellas del cielo, pero la mía someterá a la de mis hermanos. Tengo que irme de aquí, el destino me espera entre tu pueblo natal, ya han evolucionado lo suficiente, lo que madre te hizo a ti bajo el árbol de la creación se ha cumplido también en ellos.

Adán la miró con los ojos vidriosos, porque de toda su descendencia, aquella extraña mujer era su favorita. Su corazón estaba roto pensando que no volvería a abrazar a su amada hija, pero el destino debía cumplirse.

-       Quédate hasta mañana conmigo y parte después, permanece hasta ese momento a mi lado, mi corazón me dice que nunca volveré a verte. Tu madre llorará cuando vuelva.

Nebeoci preparó una cena a su padre, la cena de la despedida. Había recolectado para él las más delicadas de las hierbas, los más sabrosos de los alimentos que aquel jardín les ofrecía.  Arrancó con delicadeza la trava zapón, la hierba del olvido, la hierba sagrada que solo crecía debajo del árbol en el que Adán fue gestado como hombre, la que todos tenían prohibido tocar, la hierba de la creación.

Envolvió con cuidado extremo las verduras en hojas de parra para cocinarlas como a su padre le gustaban, horneó para él un pastel de carne, preparó una infusión de hierba sagrada. A la hora de la cena tendría la temperatura óptima para maximizar sus propiedades. La ocasión era perfecta, su madre no estaba en Edén, su padre sería para ella en rigurosa exclusiva, su primera y última noche, tal y como ella sabía que ocurriría. Al día siguiente habría partido, sus hermanos no la echarían de menos, eran simples para ella, la más brillante representante de las dos líneas genéticas no volvería a sentir el desprecio de su envidia. Todo estaba preparado menos su cuerpo. Caminó con elegancia hacia la laguna secreta, sus hermanos la vieron desaparecer entre la vegetación, como tantas veces, sin mostrar ni sorpresa ni curiosidad. La laguna era solo suya, nadie más que ella conocía de su existencia en los límites del paraíso. Aquel rincón había sido en su niñez su refugio y su alivio, cada vez que se encontraba pedida iba allí a aliviar sus penas. El lugar en el que más lágrimas había derramado y en el que su espíritu consiguió la fortaleza que ella necesitaba. De adolescente tumbada en la hierba había descubierto su cuerpo, el placer de las caricias esperadas. Era bella, lo sabía, mucho más que bella, absolutamente seductora. El único espejo en el que se había mirado era el de aquellas aguas, pero podía leer en los ojos lascivos de los hombres que visitaban Edén, el deseo contenido de poseerla. Sabía de su capacidad de intimidarlos, de despertar el morbo de la posesión de un ser superior, de la inalcanzable favorita del Señor del mundo, la protegida de Adán, de casi una diosa hecha carne. Ninguno de ellos podía sujetar la mirada de aquellos ojos casi transparentes, ninguno apartar la vista de su pelo rojo y sus curvas de hembra, ninguno hablar sin que su lengua se trabara en su presencia, sin que cualquier cosa que dijeran sonara estúpido delante de aquel ser tan claramente superior.

Se desnudó despacio, dejando caer su ropa en la orilla, quedo desnuda en el lugar que dejaría en breve de ser su mundo. Se destrenzó el fuego de su pelo rizado y suave, con la cadencia del que necesita sentir el tacto en sus dedos. Abrió sus brazos, sus piernas, sus manos, estiró sus dedos, exponiendo al aire cada rincón de su piel y echó la cabeza hacia atrás. Sintió como la brisa se colaba por sus poros, el viento del lugar más sagrado del planeta jugaba con el bello de su cuerpo y casi besaba el de su pubis, haciendo sentir su humedad más palpable. Estaba excitada. Por su cabeza pasaba la imagen del pene de su padre cuando amaba a  Bohyne a la luz de las estrellas. Nebeoci los espiaba escondida viendo besos húmedos, lenguas recorriendo piel, pequeños mordiscos que arrancaban gemidos de placer en ambos. Sabía cuándo sus padres iban a amarse, a la hora y en el lugar exacto. Mientras sus hermanos dormían ella no podía resistirse a ser la espía de los encuentros de sus progenitores. Conocía cada milímetro del cuerpo de ambos, cómo su madre se sentaba a horcajadas encima de su hombre mientras este pellizcaba sus senos, la cara de dulce sufrimiento que tenían cuando estaban a punto de terminar sus encuentros. Ella quería ser su madre, quería cambiarse por ella cada vez que su padre la tocaba, la besaba y apretaba el cuerpo con el de su diosa esposa. Apenas se atrevía a respirar y copiaba las caricias de su padre en su propio cuerpo. La atracción sexual que sentía por él fue en aumento con los años, ningún hombre podría satisfacerla si no era su padre. Los miraba con envidia pero sin celos, y sus dedos se perdían en el rojo intenso de su bello, que se humedecía con su flujo transparente y viscoso, mientras frotaba sus manos con la desesperación del deseo no satisfecho. Sabía de memoria lo que su padre busca a de Bohyne, lo mismo que ella le daría esa noche. Sus sentimientos se mezclaban en el crisol de su mente privilegiada, aunque sabía lo que iba a ocurrir. Casi sin darse cuenta se encontró tocándose como hacía tantas veces con la imagen de su padre penetrándola y moviéndose sobre ella de forma rítmica y suave, sintiendo todo el amor que sólo él podía dar a su diosa. Aquella vez Nebeoci gritó, como lo hacía su madre, como ella no podía hacer por miedo a ser descubierta, y sumergió su cuerpo en la fría laguna, preparándolo para que aquel sueño se transmutara en palpable, tangible y deseada realidad.

Comió todo lo que su hija le ofrecía hasta que el mundo real  dejó de existir a su alrededor convirtiéndose en una niebla en su mente. Trava zapón estaba actuando sobre él. Volvió al despertar de su conciencia, el día en el que la diosa convertida en mujer se unió con él para siempre. Los ojos transparentes de Nebeoci se convirtieron en los ojos verdes de su Bohyne, su pelo rojo en el negro de su diosa. Se acercó a su hija, la rodeo con sus brazos, Adán era un hombre corpulento y Nebeoci mucho más grácil. Sintió la misma protección que tantas veces había sentido en los brazos de su padre, pero aquel abrazo era distinto, más intenso, más íntimo, la piel de Adán buscaba la simbiosis, apretó su pene contra ella, lo sintió dentro de su ropa, duro, caliente y húmedo, el miembro de un hombre buscando a una mujer que aplacara su instinto. La hierba actuaba, y ella sabía lo que estaba haciendo, engañando a su padre para disfrutar de él, en la última noche antes de desaparecer de su vida. Adán buscó su boca, posó sus labios en los de su hija. Nebeoci jugó con su lengua, siendo el calor, la humedad, la marcada diferencia entre la suavidad de la carne y la dureza de la barba, chupó la comisura de sus labios, la sensualidad del esmalte de sus dientes. Con cada una de sus manos posadas en los lados de su cara, lo llenó de besos carnosos, calientes, besos llenos de amor y deseo, de ternura y de calor. Sus dedos jugaron se colaron en su pelo, arañaron de forma imperceptible su cuello mientras su lengua jugaba con sus orejas. Nebeoci reproducía cada gesto de su madre, que tantas veces había visto hacer. Sentía las manos de Adán recorriendo su cuerpo, cómo la respiración se iba haciendo más profunda a medida que se incrementaba su deseo y la sangre se agolpaba en su piel. Podía intuir el por qué su madre había elegido a aquel magnífico ejemplar de macho entre el resto de la humanidad y se había transmutado en mortal por amor a él. Lo chupó, lo besó, le acarició con su pelo suave antes de sentir como su padre entraba en su cuerpo, despacio, con una dulzura absoluta. Aquello no era un acto sexual, era una absoluta comunión de cuerpos, de amor escenificado, un acto casi espiritual. Sintió sus besos mientras se movían en un baile coordinado jamás ensayado. Su piel desesperada por amarle durante años disfrutó de la oportunidad que la hierba del olvido le estaba dando con orgasmos intensos y sentidos que hacían que sus lágrimas resbalaran por sus mejillas. Al final de la noche ella llevaba en su seno a la hija-nieta del primer hombre.

-       Perdóname mi cielo, la última noche contigo y me quedé dormido

-       No importa padre, yo velé tus sueños, estabas agotado

Así fue como Adán nunca supo del engaño ni de la existencia de una nueva estirpe. Quedó llorando en su Edén, mientras su hija amada, idolatrada, mimada hasta el dolor, partía en busca de su destino.

viernes, 22 de enero de 2016

Génesis X


Sus manos y sus tobillos dejaron de sentir el mordisco frío de hierro y sus pies ensangrentados se elevaron del suelo. En sus oídos solo un nombre, Rozmer, el nombre que el Spectra Blasny había hecho tatuar en la piel de cada humano que habitaba la tierra, en cada plaza conquistada, en cada blasón que blandían los ejércitos de la reencarnación del mal. La muerte de aquella reina madre había desatado la Guerra de las guerras, y era ése y no otro el nombre que Metla susurraba en su oído junto a palabras que no podía entender pero que curaban su piel de las llagas de los grilletes que había arrastrado por el camino. Ada no comprendia lo que estaba sucediendo a su alrededor cuando el mundo cayó rendido a los pies de ella, la nueva reina.

Sintió la sangre en sus papilas cuando mordió los labios de esa boca separada del cuerpo. Un fluido rojo, caliente, viscoso, de olor salado, resbalaba por sus brazos mientras acunaba la cabeza de su amor, la misma que la noche dirigía el ejército de la alianza de hombres libres. La espada de Metla había roto la única esperanza de la especie mimada de Bohyne, frente a la fiereza de los ejércitos del hijo del ángel oscuro. Ni siquiera pudo gritar, su voz se fosilizó en sus cuerdas vocales y sus lágrimas se le enquistaron en los ojos. Solo bebió la sangre de los labios que había besado hasta el dolor en la última etapa de su vida. Todo estaba perdido, respiraba estando muerta, nada ya podría interponerse entre la simiente de Bozysin y la esclavitud de la doble línea de la diosa creadora. Toda la tierra acababa de ser conquistada con aquel toque de espada que decapitó la esperanza. Joas estaba muerto, y ni siquiera tendría el consuelo de llorar sobre la tierra que arropaba su cuerpo. Bozysin pinchó sus restos en una pica como trofeo a su absoluta victoria y comida de los buitres, aquella carne no descansaría en el seno de la diosa madre.

Joas nació el día oscuro, minutos después de que Bozysin permitiera que los rayos de sol volvieran a alimentar la tierra. Se abrió paso por el cuerpo semicálido aún del cadáver de Esved. El milagro de no ser arrebatado a las alas de la muerte se extendió por los pueblos de los alrededores. Huérfano de padre y madre antes de nacer, criado por sus abuelos, que sabían de la existencia del mal profetizado, pero que no pudieron encontrarlo en ninguna de sus acciones. Su piel no envejecía ni se quemaba, ninguna enfermedad sufrió su cuerpo, ningún hematoma en su superficie, ninguna herida laceró su piel, proactivo, caritativo, con inteligencia preclara y perfección casi insultante. El nacido después de la gran oscuridad se convirtió en el líder de su pueblo tras casarse con la hija mayor del antiguo rey.   

Nunca fue feliz hasta que Ada se cruzó en su camino. El rey le obligó a casarse con su hija Nátisis. Fue una boda de estado provocada por el miedo a la pérdida del trono. El poder se alía con el poder, un rey astuto no podía permitir tener un enemigo tan grande. Incorporarlo a su familia era la alternativa óptima. Al principio la convivencia con la princesa fue llevadera. Nátisis quería un heredero, una continuidad en la línea sucesoria de la que ella era única representante, no un bastardo, sino un hijo nacido de la legitimidad de un matrimonio. Fue dulce hasta que sucedió, el vientre de la princesa se hinchó, portando sin saberlo también la simiente de Bozysin, la tercera línea genética, sembrada por Joas. Ya no tenía que seguir soportando a ese marido impuesto por su padre y sabiéndose poderosa empezó a humillarlo en su última semana de gestación. Desde entonces la vida de Joas se convirtió en un infierno, no podía hacer nada con aquella princesa que en privado lo vejaba, en público lo exhibía como un trofeo y que estaba perdiendo la perspectiva de lo que era o no correcto. Joas lloró muchas noches. Líder de los hombres y humillado por su propia esposa, abandonó su mente a la negra suerte que el destino le había proporcionado. Nunca volvió a yacer con ella por miedo a que un nuevo hijo le hiciera la vida aún más insoportable, Nátisis chilló, lloró, lo golpeó, amenazó y trató de engañarlo, pero nunca volvió a tocarla. Pasaron los años y la maldad de su princesa iba en aumento, mientras inconsciente de su inmortalidad, Joas soñaba con ser un campesino anónimo, sin más responsabilidad que alimentar a su familia y el premio de volver a su casa por la noche y ser recibido con una sonrisa por alguien que lo amara.

Ada apareció el día en el que Joas quiso poner fin a su existencia. Ignorante de su condición de hijo del ángel caído, ensilló su caballo y se fue al jardín entre dos ríos a terminar con su vida. El destino quiso que Ada pasara cuando su cuello colgaba de una gruesa soga en la rama del árbol de la creación, el mismo bajo el que el primer hombre fue elevado a tal mientras dormía bajo su sombra. Ada, descendiente directa de Adán, el hombre que enamoró a la diosa volviéndola mortal, partió la cuerda haciendo caer su cuerpo al suelo. En el mismo momento en el que ésta hería sus manos con la aspereza de la cuerda y el filo frío de su arma, creyó ver como brotaban dos alas sucias y rotas del color del cielo plomizo de una tormenta de otoño, durante un segundo casi pudo notar el contacto de esas plumas grises en su mejilla mientras se desvivía por cortar con  aquella cuerda que estaba volviendo azul el rostro de ese hombre. Fue este gesto de auxilio elemental lo que unió sus vidas.    

En el reino todo el mundo buscó a Joas sin encontrarlo. Nátisis vistió de negro y araño su cara esperando así el consuelo de las muestras de duelo que no necesitaba. Despreciaba a su marido, pero flotaba en el gusto morboso de sentirse protagonista de una preocupación incapaz de sentir. Tenía lo que necesitaba, el hijo que siguiera con su linaje, no necesitaba a un advenedizo usurpador de tronos y huérfano póstumo de ambos progenitores. Aquella humillación jamás se la perdonaría a su padre el rey. Ella era de sangre azul y había sido entregada como una ramera a los brazos de un plebeyo. Si Joas no aparecía, mucho mejor, si lo habían devorado las alimañas del bosque su vida podría terminar haciendo lo que siempre había soñado, fuera de las ataduras de unas obligaciones conyugales que odiaba. Así, de día ejercía de reina viuda, inconsolable en su dolor, luciendo las ojeras que las noches de lujuria con los capitanes de su guardia tatuaban debajo de sus ojos. Tomó las riendas del reino con necedad y despotismo, con la misma arbitrariedad caprichosa con la que decapitaba a los amantes que no satisfacían su insaciable sexualidad. Nunca aquel reino lloró tanto la pérdida de un buen rey y la ascensión de su antítesis en el trono. Ni los rumores de las conquistas de Metla sacaron a Nátisis de sus desvaríos y sus excesos. Pero Joas nunca volvió a aparecer por el castillo.

Ada llevó al rey a su cabaña en el bosque, buscó aloe vera, sábila y manzanilla para hacer un emplasto que aplicar al cuello de aquel hombre. Pero cuando volvió a su cabaña le encontró partiendo leña en la puerta. Nadie podía recuperarse tan rápido, ni siquiera con los cuidados de una experta fitoterapeuta como ella. Nadie a menos que aquel hombre fuera Joas, la leyenda fuera cierta y las alas que vio mientras descolgaba su cuerpo no fueran un espejismo fruto de la tensión del momento. Se acercó a él, cayó de rodillas, humilló sus ojos y extendió sus palmas al cielo, en señal de total sumisión. Joas se arrodilló junto a ella y escuchó una voz intensa, profunda y sensual, absolutamente masculina que le decía. Soy yo el que tengo que estar agradecido. Entró en aquella cabaña olvidándose de su condición de rey para vivir como un humano más.   

Joas observó en la distancia como la reina se convertía en un títere de la alianza de las diez familias, y como el poder de los líderes terrenales iba descendiendo, mientras en las manos de Metla y bajo su férreo yugo, la libertad de los pueblos se convertía en polvo al viento. La esperanza del mundo libre, el hermano de sangre del Spectra Blasny, nacido en la luz, se escondía en el bosque. Intentó vivir feliz fuera de todo contacto con el exterior, pero hasta en lo más escondido del bosque se sentía el descontrol que la reina Nátisis imprimía a su gobierno. Los campesinos que no podían pagar los abusivos impuestos a los que eran sometidos, terminaban expropiados y viviendo en el bosque de forma clandestina, huyendo antes de ser vendidos como esclavos. La costumbre bárbara del comercio humano se volvió a imponer en el reino. Aquella masa forestal dejó de ser un paraíso para el espíritu torturado de Joas y tuvo que compartirlo con los que en un pasado fueron sus súbditos y ahora sus vecinos. Su misericordia le obligó a acoger y a ayudar todo el que entraba en su improvisado nuevo feudo. Venían en penosas condiciones, desnutridos, sucios y desamparados. Allí volvió a brillar su liderazgo natural, el de las tres líneas, el mismo que tenía Metla, su hermano, nacido en el mismo parto del mismo vientre. Entre aquel grupo humano de desterrados, perseguidos y desheredados seres, Joas, sin pretenderlo, volvió a convertirse en el referente que ya era antes de que el miedo del rey le convirtiera en lo que jamás pretendió, el esposo de una caprichosa y los hombros sobre los que descansaban las decisiones de estado. Los enseñó a vivir en el bosque, a construir cabañas, a camuflarse entre las ramas, a pelear, los devolvió la fe en sí mismos y la dignidad de hijos de Bohyne, herederos comunes de su línea genética. Ellos en agradecimiento por el don de la vida que creían perdida, adoptaron el nombre de Joasther, los hijos de Joas, hijos también de Ada, de su Ada, de su salvadora, de aquella mujer con la que compartía cada minuto de su tiempo.   

Los Joasther se hicieron numerosos, el bosque se les quedó pequeño para acoger a tantos seguidores que juraban lealtad hasta la muerte. Inundaron las cuevas de las montañas de los alrededores e incluso se juntaron con los campesinos de los pueblos, los herreros, los pastores y los comerciantes. Creció su poder en la semiclandestinidad y Joas perdió su invisibilidad y su anonimato. Nátisis volvió a saber de su existencia y juró que vería su cabeza encima de una bandeja de oro, recién arrancada por el filo de su propia espada. El odio y el rencor se apoderaron de ella. Escupió palabras contra aquella puta del diablo que había seducido a su legítimo marido, deseaba más que nada verla sufrir en una tortura inmisericorde, ver su cara cuando el verdugo la infligiera más allá del dolor que un ser humano pudiera soportar. Aquel fue el principio del fin de su reino, dejó todo el control en las manos de Metla, el brazo armado de las diez familias, que enloquecido por la muerte de Rozmer, daba rienda suelta a su crueldad. La reina se lanzó a la caza de su adúltero esposo y su amante como absoluto y preferente razón de existir.

Los quería vivos,  ver en sus ojos el terror del dolor extremo. Se escondían en el bosque sagrado, el del árbol de la creación, todo el reino lo sabía, ni aquella panda de piojosos ni lo sagrado de aquella tierra iba a impedir que ejecutara su venganza. Aquello no iba a ser impedimento para entrar allí y capturarlos. Eligió a sus mejores generales para la tarea, arrasaría aquel lugar si fuera necesario, con el milenario árbol de la vida y con cualquier otra cosa que se interpusiera entre ella y sus deseos. En un intento desesperado por acelerar la captura, mandó prender fuego al bosque. Todo ardió, cada matorral, cada árbol, cada brizna de hierba fue pasto de las llamas. Muchos se esos árboles habían sido plantados y cuidados por la diosa creadora en el tiempo en el que vivió en su cuerpo mortal junto a su amado Adán. En muchos de ellos habitaba su espíritu, fosilizado en las raíces profundas, aquel bosque era el acervo genético primitivo del planeta, el lugar donde Ella decidió habitar. El humo liberó el debilitado espíritu de la diosa, que escapó por el aire hacia el indestructible árbol de la creación. Su alma fue reconstruida, Bohyne volvía a la vida en estado etéreo. Se impulsó fuera de la gravedad terrestre hasta Ceres, su amado planeta, esperando hacerse fuerte, recuperar su divinidad y volver a ser una deidad inmortal. Había estado demasiado tiempo fuera de los asuntos de su línea genética, volvería cuando fuera el momento. Todo el reino pudo ver como un gigantesco haz de luz blanco se perdía más allá de la atmósfera terrestre. Nátisis sin saberlo había liberado a la diosa para los hombres.

La reina enfermó junto a todo su ejército, todo su cuerpo se llenó de pústulas verdes que evolucionaron a convertirse en llagas, nadie más se contagió de aquella enfermedad. Gritó de dolor, pero ni un solo remedio pudo calmar aquella venganza de la diosa creadora. Habían destruido su feudo y Ella ahora destruía sus cuerpos. Aquella innombrable enfermedad hizo que perdieran todo el cabello y cada uno de los dientes, y que cada bocanada de aire que entrara en sus pulmones fuera plomo hirviendo en sus gargantas. Unos a otros se pedían la muerte a espada, pero no tenían fuerza para empuñarlas. Estaban malditos, nadie les ayudó… Nátisis murió entre gritos junto a todo su ejército y la tierra quedó en manos de Metla, mientras su hermano Joas acaudillaba a los hombres libres. Los dos representantes de la tercera línea genética, ignorantes de su condición de hijos de Bozysin, enfrentados en una contienda. Luz contra oscuridad, libertad frente a esclavitud, ángeles contra demonios, la historia la escribiría un hermano con la sangre fresca del otro.    

Joas dividió su vida. Los días eran para sus amados Joasther, pero las noches eran para su Ada, la única razón por la que estaba vivo. Nada podía curar más su alma que el amor incondicional que aquella criatura le procesaba y que él respondía en cada gesto. Por Ada, Joas dirigía la guerrilla, por Joas, Ada manejaba la espada con el más feroz de los guerreros. La vida les concedió el más tumultuoso de los tiempos para conocerse y amarse. Aquellos dos intensos seres, estaban llamados a cambiar la historia, a que su paso por la tierra no quedara en una mera estancia borrada por la brisa del tiempo. Todo resumido en una sola frase ‘’todo contigo, nada sin ti’’. Soñaban con la tierra en paz que tendrían después de victoria sobre el Spectra Blasny, en envejecer juntos y ver crecer a unos hijos que aún no tenían. Ellos se retirarían a un lugar tranquilo cerca del mar y disfrutarían por fin de aquella paz que la vida les estaba negando. Por eso  su corazón se partió acunando la cabeza de su ángel de alas rotas. Todo estaba perdido. Todo dejó de tener sentido, la voz de Metla ungiéndola reina del orbe entraba en su cabeza como un eco. Las noches con el dueño absoluto del destino de los hombres, pasaban por su vida en imágenes inconexas, su cuerpo era laxo a las caricias y a los cuidados. Muerta en vida y dueña sin percatarse de la reencarnación del mal, como antes lo fue de su hermano. Solo recobró la consciencia cuando con la espada en la mano rasgo la mejilla del autor de su desgracia y la cabeza del tirano rodó por el suelo en medio de un silencio estremecedor.


miércoles, 16 de septiembre de 2015

Génesis IX

Perfección sobre sangre de rey, dominio por siglos, inmune a varón. Los sonidos salieron de su boca casi como un suspiro, como si el aire se negara a pasar por su garganta haciendo vibrar sus cuerdas vocales.  Salió del trance sin recordar nada de lo que había ocurrido. Aquella droga era excesivamente dura y difícil de conseguir, pero era el encargo de su rey. Su comunidad se afanó por obtener esa sustancia a cualquier precio desde que se supo la noticia del nacimiento de un sucesor real. Sus casi imperceptibles vocablos fueron recibidos con júbilo. Aquello dejó agotada, envejecida, el alucinógeno le había robado parte de su vida, lo sabía, moriría antes a causa de aquella sustancia. Fue despedida del salón del trono con una bolsa de oro, sacada casi en volandas por los guardianes del monarca. El augurio era magnífico y el monarca sonrió satisfecho mirando con orgullo el prominente vientre de su esposa. Tendría un varón, y su primogénito se convertiría en un jefe militar férreo, sus tierras estarán protegidas cuando aquel feto se convirtiera en hombre. Su pueblo se extendería para siempre, el oráculo había hablado.  Los oráculos no mienten,  y éste estaba mucho más claro que el que aquella vieja sacerdotisa predijo sobre el vientre de su madre días antes de su nacimiento, hacía ya treinta años. Vector infecundo de la tercera línea. Sólo existían dos líneas genéticas, las dos provenientes de la diosa creadora, hablar de la tercera línea era solo una frase sin sentido. La primera línea modificada por el azar de la evolución y la segunda directa de los ovarios de la diosa hecha mujer. Pero el oráculo de su nacimiento hablaba de la tercera. Una frase, contundente y sin sentido, ni una sola palabra más, ni una sola explicación. Las predicciones de todos sus antepasados estaban escritas en el muro de las profecías reales, en la última línea debía estar la suya, la del actual rey, grabada en piedra, su aya se lo había contado entre susurros. La sagrada mujer que predijo la tercera línea jamás se había equivocado en sus trances. Buscaron explicación en sabios en todos los rincones del planeta, una versión plausible a seis palabras que ninguna inteligencia podía interpretar. La sacerdotisa apareció muerta descuartizada en su celda cerrada por dentro, con la frase del oráculo escrita con sangre en las paredes. El peor de los sacrilegios había ocurrido. Su padre, asustado, mandó picar aquellas letras del muro de las profecías para que nadie volviera a leerlas. Pero ahora todo era distinto, mandaría escribir el nuevo augurio debajo del surco en el que se convirtió el suyo. Perfección, dominación y poder, todo estaba a favor de su suerte.

Metla y el hijo del rey nacieron en el mismo segundo, bajo una tierra oscurecida por las alas Bozysin. Rompieron a llorar al mismo tiempo cruzando sus destinos. Aquella noche dejaron al bebé real a la intemperie como marcaba la tradición. Si pasaba aquella noche sería digno de seguir viviendo, en un pueblo marcado por la fortaleza de sus miembros. Era por eso que las mujeres de aquel pueblo parían de abril a octubre, evitando ver morir de frío al fruto de sus entrañas. La reina vigilaba al príncipe desde la ventana, pero le estaba prohibido el socorro, en la noche de vigilia más dura en la vida de una madre. El ángel caído hizo caer el sueño sobre la joven progenitora, clavó sus uñas de obsidiana al rajando el pecho del infante real, desangrándolo mientras devoraba el cuerpo del recién nacido, en una ceremonia llena de simbolismo. No podía dejar nada que hiciera sospechar del engaño. Colocaba así a su hijo Metla en la cuna que le permitiría ser rey. Le depositó con sumo cuidado sobre el manto rojizo caliente y húmedo, perfección sobre sangre de rey, la primera parte del oráculo estaba cumplido. Le tapó con sus alas negras hasta que el sol salió por la línea del horizonte, hasta que el dolor de la luz del sol se hizo insoportable. Al despertar, la reina encontró a su permutado nuevo hijo, vivo y caliente sobre un manto de sangre seca, lo cogió y lo acurrucó entre sus brazos y lo alimentó de sus pechos. Había sobrevivido, el rey tendría sucesión sin necesidad de que su cuerpo se abriera de nuevo. Hizo borrar las huellas de aquello que no podía explicar. Lavó al niño y arrojó la sábana el fuego que acabaría con el último indicio de su hijo inmolado en aras de la tercera línea genética.

Bozysin continuó su particular cruzada contra el hombre. Había logrado colocar a su único vástago humano en una cuna real, suplantando al heredero del mayor imperio que existía. En su maldad absoluta creó los Cuatro Espíritus de la Devastación, los llamó muerte, enfermedad, hambre y guerra. Fueron elegidos entre las peores almas del infierno, de lo único que quedaba de los hombres más malvados después de su muerte. Sopló sobre esos cuatro engendros dándoles poder sobre hombres y bestias. El poder de cambiar de aspecto, aparecer y desaparecer a su antojo, entrar y salir del averno,  introducirse en el sueño y manipular a los hombres. Les daba la oportunidad de volver a la vida y el único encargo de destruir. Sólo Bohyne es ubicua, sólo la diosa creadora del mundo está en todos los seres, también en los Espíritus de la Devastación, también en Bozysin y en sus hermanos de creación, los hombres, nada puede escapar de su esencia, pero el mal fue sembrado por todo el orbe, mientras Metla crecía y se convertía en el dueño y señor de los espectros creados a su servicio, en el Spectra Blasny, el hombre más poderoso de la Tierra, dueño único de las tres líneas genéticas. Y así la muerte se cebó con el género humano, pasando detrás de sus hermanos,  la enfermedad mutó bacterias y creó virus nuevos, el hambre mató animales y terminó con cosechas y la guerra se introdujo en el hombre cegando su avaricia. La humanidad conoció el peor periodo de su historia, y el círculo vicioso de la destrucción se cebó con sus miembros, la población fue diezmada y debilitada. Lo que había sido una incipiente y exitosa comunidad se convirtió en un campo de batalla contra la miseria y el semejante. Bozysin desde el incandescente núcleo del planeta, sonreía satisfecho.

Ni una sola enfermedad sufrió su cuerpo, ni una sola raspadura su piel. El primogénito varón del ángel caído parecía inmune a cualquier daño externo. Con un año discutía con los sabios del reino, con dos hablaba todos los idiomas de la Tierra, creados por su padre Bozysin cuando el hombre se quiso aliar contra él. A los cinco años era el estratega militar número uno del reino, con diez el mejor y más cruel de los guerreros de su suplantado padre. Perfección, dominación y poder, ese fue el pensamiento del rey el día de la profecía y se había cumplido de tal manera que hasta su regia voluntad se doblegaba ante la mirada de aquel extraño ser, proyecto del señorío absoluto. Sólo la reina Rozmer soportaba su mirada, sólo ella podía calmar la ira del niño demonio, ni el rey se atrevía a yacer con ella por miedo a los celos de Metla. Rozmer era suya, su diosa absoluta, su madre, herencia obsesiva de Bozysin por Bohyne, el mismo afán de poseer hasta el aire de sus pulmones, cada gota de su sudor, cada uno de los pensamientos de aquella mujer reina. La historia de su padre se repetía en él como la maldición que llevan los ángeles caídos en el mundo de los dioses, el único ser que el hijo del mal podía amar, la mujer que lo había alimentado con la leche producida por su cuerpo.

Ocurrió en su fiesta de cumpleaños. Quince vueltas completas de la tierra alrededor del astro rey desde que su verdadero padre oscureció el cielo, su verdadera madre murió tras derramar una lágrima negra, el verdadero heredero fuera devorado por el dios de mal y él yaciera sobre el manto de su sangre. Quince años para demostrar su supremacía absoluta sobre todo ser vivo que habitara la Tierra. Spectra Blasny dominando a los espíritus del mal y las mentes humanas, adolescente metido de lleno en una fiesta para adultos, ocupando el lugar que por protocolo correspondería al rey, al lado de su madre reina. Juegos, bailes sensuales de cuerpos semidesnudos y cena abundante, con vino y caza, manjares de guerreros. Demasiado vino desata la lengua y libera la líbido más reprimida. El rey, tambaleante, se levantó y fue hacia su esposa haciendo el último acto de hombría, reclamando lo que era suyo por derecho propio. Aquella mujer no había perdido ni un ápice de su belleza y pese a su estrenada madurez lucía dolorosamente atractiva al lado de Metla. Era suya, su hijo no tenía ningún derecho a arrebatársela. Metió las manos por el pelo de su Rozmer, su amada reina, de su legítima esposa, pero antes de que sus labios pudieran posarse sobre los de su ansiado objeto de deseo, Metla lo levantó por los aires y lo arrojó a la chimenea. La música dejó de tocar y nadie movió un solo músculo para salvar a su rey, que murió entre gritos de dolor y olor a carne chamuscada. Aquella noche Metla cambió la alfombra en la que dormía al lado de la cama de la reina, velando su sueño, por el tacto de la piel de Rozmer y sembró en su vientre la continuación de la tercera línea, macho y hembra para mayor gloria del ángel caído.

Así fue como el hijo del mal fue coronado monarca absoluto. Ninguna oposición, ningún comentario sobre su comportamiento. Rozmer fue de nuevo reina con un nuevo rey que hincaba la rodilla en su presencia con devoción absoluta, con obsesión enfermiza, con total sumisión bajo su mirada. Y al igual que el día en el que nació, Bozysin oscureció el sol con sus alas y se sintió orgulloso de aquel fruto de su cuerpo, y los Espectros Devastadores fueron confinados al infierno, a la espera de las órdenes de su amo rey.   

Metla permaneció con Rozmer día y noche, siempre bajo su campo visual, siempre pendiente de su esposa madre. Miraba como sus sirvientas la vestían y la desnudaban. Ella le acompañaba a cualquier lugar donde él permaneciera. Cada día miraba con devoción como el cuerpo de su amada gestaba la vida de sus hijos, cada noche la acariciaba y la llenaba de besos. Incapaz del más mínimo ápice de misericordia hacia los demás, volcaba la humanidad heredada de Esved, su madre biológica, para idolatrar a Rozmer, haciéndola la dueña absoluta de su ternura y cuidados obsesivos. Aun así,  ni siquiera su parte de dios pudo evitar que la reina muriera de parto, desangrada como el hijo biológico al que no tuvo ocasión de amamantar.  Sus pechos siempre fueron para Metla, primero como niño y luego como hombre. Dos criaturas salieron de su cuerpo, los nietos de Bozysin, un varón y una hembra, Vairon y Samice, mientras su abuelo susurraba a los vientos la alianza de Bohyne con los hombres, la promesa hecha a Esved, tu descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo. Metla enloqueció de dolor, hizo embalsamar a su amada para hacer que la vistieran cada mañana y la desnudaran cada noche, para que fuera a cualquier lugar en el que él estuviera, para acariciarla y cubrirla de besos cada noche. Tal fue su locura que terminó con la tregua, llamó a los Espíritus Devastadores, y  se lanzó a la guerra de las guerras.  El amo de los espíritus, el Spectra Blasny, destruyó intentando calmar su dolor, todo lo que se encontraba a su paso. Hasta que todos los pueblos de la tierra se doblegaron bajo los cascos de su caballo, hasta que cada uno de los líderes de los pueblos conquistados, rindieran pleitesía a su esposa madre, besando sus pies embalsamados.

Veinte años de guerra para que no hubiera ni un rincón de la Tierra que perteneciera a otro rey. Fue entonces cuando la vio, despeinada pero altiva, con el vestido sucio y rajado, cadenas en sus pies. La reencarnación de Rozmer, por fin había encontrado el cuerpo de su reina vivo, respirando, esperando sus caricias, objeto despótico de sus deseos, nunca más solo. Ella había nacido el mismo fatídico día que de sus hijos. Ahora el cuerpo embalsamado podría descansar en el mausoleo de mármol que había mandado construir para ella. La reina madre volvía a la vida, a su vida. Tenía treinta y cinco años el pueblo volvería a tener reina. Su nombre era Ada, orgullosa, fuerte, soberbia, inteligente y bella, no movió un solo músculo de la cara ante la noticia de haber sido la elegida, la mujer del hombre más poderoso del orbe.

La miró mientras la bañaban, mientras la perfumaban y la vestían con la ropa de Rozmer. Ni un momento perdió de vista a Ada, mientras en todos los idiomas del hombre susurraba a su oído las más bellas frases. Aquel devastador, aquel aniquilador, aquel tirano al que no le temblaba el pulso ejecutando la mayor de las atrocidades, caía rendido a los pies de su Rozmer que habitaba ahora en el cuerpo de Ada, la nueva dueña de su vida. Ni una sola frase, ni una sola sonrisa, ni una sola mirada de ternura recibió de la reencarnación de su amada madre, de la diosa de su vida. Se le rompía el corazón poniendo el mundo a los pies de aquella criatura que le trataba con la misma frialdad que él había mostrado con el pueblo al que ella pertenecía. Nunca contestó a una sola de sus preguntas, su vista siempre fue ausente, ni le correspondió a ninguna de las caricias y besos que cada noche la regalaba, poniendo a disposición laxa un cuerpo disociado de su espíritu. Ni un solo gemido al amor de su cuerpo, ningún atisbo de humanidad hacia él. Todas y cada una de las noches las pasaba junto a Ada, todas y cada una de las horas del día bajo su mirada, sin que pudiera arrancar de aquella altiva criatura ni un gesto, ni de amor ni de desprecio, la indiferencia más absoluta.

La espada brillaba sobre un cojín de terciopelo rojo teñido con cochinillas, bordado con hilos de oro. Estaba afilada, limpia de toda la sangre que había derramado con ella en la conquista de un mundo que no se le había resistido.  Era la coronación de Metla como rey absoluto del orbe, y su reina Rozme, que habitaba ahora en el cuerpo de Ada, estaba  de pie a su lado, en la atalaya que habían construido para que todos pudieran verlo. Ni el más poderoso de sus generales se atrevió a oficiar la ceremonia. Metla levantó la espada y gritó el nombre de su padre a los cuatro puntos cardinales y el nombre de Bozysin, el ángel caído, se pronunció por primera vez en la tierra de la diosa creadora. Del grito del norte salió el espíritu devastador del hambre, al este el de la guerra, al sur el de la enfermedad y al oeste el de la muerte. Y los fonemas que crearon el nombre de su progenitor se extendieron de nuevo por el orbe en forma de destrucción sobre la diezmada y sufrida especie portadora de las dos líneas genéticas. Se arrodilló con humildad y dio la espada a su reina, que por primera vez respondió a sus requerimientos. Ada cogió la espada y la colocó sobre el hombro derecho del tirano. Rasgó una de sus mejillas, y por primera vez la sangre de la tercera línea cayó a la tierra de Bohyne. Metla la miró sin inmutarse, clavando sus ojos en ella como lo hacía desde el primer segundo que la vio, despeinada y llena de cadenas. Entonces ocurrió, la cabeza del primogénito del diablo rodó por el suelo desprendida de su cuerpo. Por primera vez en meses Ada sonrió con la cara salpicada de la sangre de la tercera línea genética, la misma sangre que en aquel momento portaba su vientre. La profecía terminó de cumplirse dominio por siglos, inmune a varón. Ella portaba el dominio en su cuerpo, y ningún varón rasgó su piel. Metla, el mayor jefe militar del mundo antiguo, el peor tirano del orbe, el padre de su primer hijo, estaba muerto. Todo el planeta tembló removido por el dolor de Bozysin, por la vibración que su grito desgarrado provocó desde su reino en el núcleo de la tierra. 
 

viernes, 11 de septiembre de 2015

Génesis VIII



Nadie pudo pensar que aquel perfecto bebé que acababa de nacer se convertiría en el jefe militar del mayor ejército del mundo antiguo. Lloró por primera vez mientras el sol se oscurecía en todo el orbe tapado por las alas de su padre, el ángel caído, el demonio de la oscuridad, el temido Bozysin. Asistió al parto desde el oscuro cielo, al nacimiento de su hijo, su simiente en la tierra, a los chillidos de su madre partida de dolor por las contracciones de su útero y a cómo una ser perfecto salía al mundo ungido de líquido amniótico. Aquel neonato chilló de dolor cuando el aire del mundo de Bohyne entró por primera vez expandiendo sus alveolos pulmonares. Lo lavaron sin percatarse que la cruz gamada signo del mal aparecía en su arrugada piel. Se lo entregaron a la joven madre que esperaba para amamantarlo y todos desaparecieron de la estancia. Metla succionó de sus pechos mientras Esved apretaba los dientes recuperándose del dolor de que su cuerpo expulsara su fruto y del que le infligía aquella criatura que absorbía leche en su boca desdentada con crueldad instintiva. Bozysin apareció en la estancia en donde su hijo se abría a la vida. Ella lo reconoció por sus ojos, esos  dos carbones encendidos, los mismos que la miraron cuando su hijo fue concebido, en el mayor instante de placer absoluto que un ser humano puede soportar en su carne. Esos ojos que buscó de forma desesperada para calmar la adicción a esa satisfacción inmensa que había sentido, mientras el hijo del propietario de aquellas pupilas ocupaba como dueño universal el hueco de su vientre y ella soportaba el peso de aquel nuevo ser al que transportaba con lealtad enfermiza. Entonces lo entendió, y una sola lágrima negra salió de sus ojos. La profecía se había cumplido, ella había sido el vector para que la sangre del dios del mal se encarnara en la tierra. Se levantó a por una espada para matar al engendro que había gestado, pero antes de que pudiera salir de su cama, Bozysin y Metla habían desaparecido. El ángel caído vino a reclamar lo que era suyo. Esved cayó muerta, mientras de su cuerpo salía Joas, en no reclamado, el honesto portador de la tercera línea del que nadie sabía su existencia, el hermano que labraría la desgracia de Metla.
 
He aquí tu humilde esclava, hágase lo que dijo tu voz, se cumplan en mí los designios de tu voluntad, entre en mi vientre el vínculo con el hombre; que tu encarnación se extienda por toda la faz de la tierra. Abrió los ojos muy dulcemente, era el día de su enlace matrimonial, la habían dejado dormir más que otros días para que su piel luciera radiante en una mañana tan especial en su vida. Había tenido un sueño extraño, tan real que le costaba creer que solo pertenecía a su mente. Aquellos ojos la seguían excitando hasta la última célula de su cuerpo, ardía su corazón, sintió humedad entre sus piernas, mucha más de la que producía al excitarse y dar suelta a sus fantasías en la soledad de su alcoba. Estaba desnuda y despeinada, no recordaba haberse acostado así, había sangre en sus sábanas y un hematoma del tamaño de la huella de un pulgar orlaba uno de sus pezones, se encontró cuatro arañazos paralelos en la parte interna de su muslo izquierdo. Había descubierto los signos de que aquel sueño no había sido tal, había yacido con un varón la noche anterior a su boda, por primera vez, y aquella humedad no era el flujo de su cuerpo, olía más fuerte, más a hombre, aquella humedad era parte del semen que aquella irresistible criatura había depositado dentro de su cuerpo. Aquella sangre era su himen roto. Todo era tan real y tan onírico que le hubiera costado distinguir si fue o no una locura de su mente aturdida, si no hubiera sido por aquellas marcas tan obvias que habían aparecido en su cuerpo y en su cama.

Era su fiesta pero se retiró temprano. Sus padres prepararon un banquete para honrar a la familia de su prometido. Acababa de cumplir la mayoría de edad. La tradición imponía que la boda fuera el día en el que el la tierra completaba dieciocho vueltas sobre el sol, desde el día del primer lloro del bebé hembra. Aquel día era mañana, apenas conocía al hombre con el que compartiría mesa y cama a partir de entonces, sus padres lo habían elegido para ella el año anterior. Aquella era su última noche en la soledad de su cuarto. Se cumplía la tradición, si así estaba estipulado, así se haría. Sintió un escalofrío de indignación, no era justo, era su vida, da igual lo que sus padres la amaran, no tenían derecho a condenarla a un matrimonio con un hombre por el que no sentía nada. Apretó los dientes y fue a disfrutar de sus últimas horas de la libertad que le aportaban las cuatro paredes que constituían el más íntimo de sus mundos. Sus progenitores habían elegido a aquel hombre para ella, para escapar del oráculo, su madre en trance místico había profetizado que su hija pariría al primogénito de la tercera línea genética. Calló el horror de augurio durante años, compartiendo el oscuro secreto solo con su marido, y aquel día lo hizo con su hija para acallar sus protestas ante la arbitraria unión a la que iban a someterla, aunque su corazón sabía que los oráculos no mienten y que su nieto estaba llamado a ser el portador sin que nada pudiera evitarlo.

Esved se metió en la bañera helada y tembló de frío, se frotó su cuerpo con una esponja y jabón con olor a lavanda, tanto que su piel enrojeció mientras de su cara se desprendían lágrimas de pura frustración. La tradición también la regalaba estas últimas horas de reflexión antes de entrar en el mundo de los adultos, y las aprovecharía, pese que en su puerta montaban guardia los hermanos de su futuro marido. Salió de la bañera y unos brazos la envolvieron en una toalla. Sintió el calor de aquel cuerpo a través de aquel trozo de tela. Aquel cuerpo la consolaba en el ambiente de penumbra que habían creado las velas que flameaban encima de la mesa. Cerró los ojos sintiendo el mimo de la tela secando las gotas de agua que perlaban su  torso. No sabía quién estaba detrás de aquellas cálidas manos que traían alivio a su helada dermis, aliento a su espíritu y sedación a su indignada visión de futuro. Cada pliegue de su piel, cada pelo de su cabello fue mimado, cuidado y acariciado por la seda de aquellas manos. Pidió que aquel instante de sensualidad extrema no acabara nunca. Abrió los ojos para encontrarse con dos carbones encendidos que la miraban con absoluta pasión. Su vientre se contrajo y un puño de hierro apretó su estómago. Aquello superaba cualquier fantasía que hubiera tenido en la soledad de aquella alcoba. Un ser hermoso, con una sexualidad categórica, tajante, rayando el despotismo, la abrazaba con la mezcla óptima de delicadeza y firmeza. Se sintió transportada más allá de lo racional por el poder de aquel hombre que apretaba sus nalgas entre sus manos atrayéndola para que sintiera su sexo duro en el exterior de su cuerpo.  Sus ojos…, no podía dejar de mirarlos, pura fuerza, puro delirio, los ojos de un líder, de alguien acostumbrado a dar órdenes, los ojos de un inmortal, nada escapaba a aquella mirada que se le diseccionaba el cerebro y se hacía dueña definitiva de su voluntad. Su cuerpo se preparaba para amar a aquel magnífico ejemplar de macho humano, el olor a limpio de su cuerpo y a menta de su boca. Mezcla de salivas, juego de lenguas, la sangre de Esved se agolpó en la parte exterior de su cuerpo, no era rubor el rojo de sus mejillas, era irresistible deseo por aquel ser tan desnudo como ella. La llevó en brazos a su cama, y la depositó suave encima del colchón, la cubrió de besos… no hubo un centímetro de su cuerpo en el que no sustituyera el olor a lavanda por el mentolado de su saliva. Sintió sus pezones amasados por los dedos suaves y firmes de su amante desconocido, de cómo mamaba de sus pechos sin haber tocado aún su sexo que estaba esperando su turno con impetuosa desesperación. Unos dedos subiendo por la cara interna de sus muslos, sintiendo una uñas que le hacían desear más lo que estaba a punto de ocurrir. Bozysin rompió su himen y bebió la sangre de sus dedos. Le dolió, mucho, cerró rápido las piernas y su amante desapareció de pronto de su cama. Ni siquiera se planteó que al día siguiente debía dar una explicación de esto. Volvió a ver sus ojos, en sus manos dos copas de vino en dos copas de plata, las preparadas para sus esponsales del día siguiente, su noche de bodas adelantada veinticuatro horas, con otro hombre del que desconocía su nombre pero se había adueñado de su voluntad. Brindaron, bebió aquel vino dulce que la transportaba al interior de sí misma. Escuchó la voz profunda, intensa y sensual de su improvisado esposo hablando la lengua de los dioses, la lengua que aprendió de Bohyne, la diosa que concibió el mundo, el idioma de la creación, y aquellos sonidos que no comprendía curaron el dolor de su cuerpo y lo prepararon para recibir el regalo de la mayor placer absoluto que un ser humano puede soportar. Fue ella entonces la que lo besó y lo lamió, deteniéndole en cada centímetro de piel, la que se subió a horcajadas y se movió sobre él, sintiendo en su cuerpo un orgasmo tras otro, sin poder dejar de moverse hasta que al filo del amanecer el dios del mal depositó en su cuerpo el regalo de su simiente y desapareció de la habitación dejando un beso en los labios de su Esved mientras en la lengua de los dioses la prometía cuidar hasta que el fruto que acababa de sembrar saliera a la vida. Ella cayó rendida en el más profundo y feliz de los sueños.

Volvió a meterse en la bañera helada y a frotarse el cuerpo con el trozo de jabón de lavanda que había utilizado en sus verdaderos esponsales, tan solo unas horas antes. Una sola noche que había cambiado su concepción de la vida. Buscó en su armario el vestido blanco que se pondría mientras oía el golpear de unos nudillos en su puerta. Su madre entró en su habitación mientras aún estaba desnuda con su pelo envuelto en una toalla. Pudo verlo pero no dijo nada, las huellas de aquella noche de rabiosa pasión junto a aquel hombre de ojos sin esclerótica. La ayudó a vestirse en silencio, peinó su pelo y la adornó con una corona de violetas. No necesitaba maquillaje, su piel era perfecta, con el frescor que tiene la dermis en sus dieciocho vueltas solares. La música sonaba fuera de su alcoba, todo el mundo la estaba esperando, aunque Esved no sentía nada, toda su mente se concentraba en aquel sueño que había tatuado en su piel los signos del reino de las tinieblas, cuatro rayas en sus muslos, un perfecto círculo en su seno, una cruz gamada casi imperceptible al lado de su pubis. Los cuatro niveles del infierno y la llave de entrada al averno, la marca del dios del mal, la cruz que llevarían sus descendientes. Como una autómata camino hacia al altar en donde su padre entregaría su cuerpo y su vida al que sería su marido, ya nada la volvería a pertenecer, su voluntad, su inocencia y su niñez se había ido junto a aquel ser que apareció y desapareció de la nada. Se cumplió el ritual, unieron sus brazos, bebieron de la misma copa con sus gotas de sangre, ahora eran un matrimonio, uno de tantos que había en su pueblo. Aquel día pasó como un suspiro, entre nieblas, entre música, entre absoluta falta de ilusión, hasta que llegó la noche de su segundos esponsales.

Abrió la puerta de sus aposentos con una palidez mortal, medio desnuda, despeinada, con un infinito dolor clavado en sus pupilas. Todo el mundo se asustó al oír sus gritos desgarrados y entró a ver lo que había ocurrido. Allí estaba el cadáver de su desposado, envuelto en las sábanas revueltas, aún caliente pero sin respiración, sin latido cardiaco, sin un ápice de vida. Esved era viuda e incapaz de articular palabra. Él había vuelto, había entrado en su alcoba como en la noche anterior cuando su esposo intentó consumar el matrimonio. Los mismos ojos, su mismo cuerpo perfecto pero intangible, traslúcido, convertido en el aire que respiró su marido reventando su corazón por dentro. No pudo tocarla, Bozysin volvía a proteger a su esposa, a su hijo, a su línea genética, a su herencia en la tierra de Bohyne, de su amada y odiada diosa, su creadora, su madre, su adúltera Dueña y Señora. Esved puso su boca en la de aquel cadáver para que el espíritu del propietario de su voluntad entrara en ella y gritó de dolor cuando lo vio salir por la ventana sin que pudiera seguirlo. Aquel fue el dolor que todo su pueblo pudo ver en sus ojos mientras la tierra de la diosa creadora recibía en su seno aquel cuerpo sin vida.  

 

 

viernes, 28 de agosto de 2015

Génesis VII



Laska  no encontró a Bohyne, sino la maldad de Bozysin. Su amada no sobrevivió  a la mortalidad de su cuerpo libremente elegida, pero su esencia seguía impresa en aquella joya azul. Ella lo había visto, pero no había llegado a tiempo. Su caprichosa, imaginativa y voluble niña mimada se había quedado atrapada en aquel pequeño planeta. Su corazón lo intuía todo desde el principio, pero dejó que los antojos de su hermana menor se fueran fraguando en realidades.  La había observado desde el comienzo de su vida, siempre tan diferente al resto de los dioses, tan hiperactiva en sus planteamientos, siempre inventando, destruyendo, haciendo realidad sus ideas y luchando por sus proyectos. Bohyne era especial, tan distinta que parecía frágil dentro de su absoluta fortaleza, que parecía tímida dentro de su extravagancia, que parecía cruel y despiadada dentro del infinito amor que podía generar su espíritu. Laska la conocía muy bien, sabía de la realidad de su ángel caído y de sus universos, pero nunca pudo imaginar que desaparecería engullida en una de sus creaciones, herida de amor por una de sus quebradizas criaturas, entregada su inmortalidad en aras de la existencia de una nueva especie. No había llegado a tiempo. De su amada hermana solo permanecía  su sustancia, su esencia, su espectro en la atmósfera, su espíritu en cada piedra, en cada ser vivo de esa masa rocosa en medio de ningún sitio.

Cuando llegó, existían unos cuantos miles de herederos de Bohyne poblando aquella tierra. También podía oler a la estirpe de Bozysin, estaba allí, mezclando su sangre con  la de su hermana, tres líneas genéticas absolutamente distintas y con un génesis común. El ángel caído no pudo resistir la tentación de engendrar un varón en el cuerpo de una descendiente de la diosa creadora. Buscaba extender su influencia. Pasando  unos años, sus hijos serían tan numerosos como las estrellas de aquel universo en expansión. Aquella había sido la frase de la alianza de la diosa con el hombre, tu descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo, esa iba a ser también su alianza con aquella estirpe a la que odiaba e iba divertirse molestando, por pura venganza, por puro placer morboso, por pura maldad. Engendrar en una mujer lo dejó exhausto, marchitó su cuerpo, escamó su piel  y  volvió su perfecta belleza en un ser horrendo y fotofóbico. No podría volver a seducir a una hembra humana para que yacieran con él de forma voluntaria. El varón de formaba en aquel vientre era la única oportunidad que iba a tener de dejar su impronta dentro de aquella especie. Y así, los genes del ángel caído formaron un cuerpo perfecto y una inteligencia malvada dentro de un ser llamado a ser el azote de las naciones de la tierra. El verdadero primer descendiente de las tres líneas, el triángulo en el que confluían el amor, el rencor y el capricho evolutivo. El ser mortal más perverso, completo y complejo de la creación se abrió paso por el cuerpo de su madre que parió entre aullidos y sangre al primogénito del mal. Si hasta ahora influir en los sueños de los hombres había sido sencillo, corromper su material genético era un proyecto en marcha. Aquel niño se llamó Metla, y nació con la marca de su padre en su glúteo izquierdo, una diminuta cruz gamada. Alimentado con el amor de su madre y la sombra velada de su padre, creció en maldad y sabiduría, en observación y manipulación, en ira y soberbia. Y se construyó sobre ese cerebro un cuerpo perfecto, inmune a la enfermedad y resistente al dolor, con la belleza que su padre perdió al engendrarle.  

Amaneció un espectacular día de primavera. Zatra subió al refugio que tenía en la montaña. Era un hombre de mediana edad, no tenía el ímpetu de sus años mozos, pero había heredado la determinación que había impulsado a su madre a dar el zarpazo definitivo al poder de Metla. Porque había sido su madre Ada, la que había cortado el cuello del tirano, liberando de la opresión a todo su pueblo. Él era el resultado de aquella noche, el último acto que el tirano pudo realizar antes de que su cabeza y su cuerpo se separan, de que la espada cercenara su musculoso cuello. El pueblo quiso matar a Zatra cuando nació, pero su madre se impuso con el mismo coraje que demostró al enfrentarse sola al déspota, y nadie volvió a tener el arrojo de tocar al hijo de su libertadora. Con la cabeza alta tuvo que resistir el hecho de ser Zatra, hijo del odiado Metla y la amada Ada, aunando en su cuerpo lo mejor y peor de cada uno de sus progenitores, el intocable de los intocables, el nieto de Bozysin, protegido por sus escamadas alas cuando la noche se cernía sobre el mundo, y sin embargo creciendo en la bondad inculcada por  Ada. Niño solitario, adolescente solitario, adulto solitario… la soledad había sido la palabra que definía su vida. Ningún niño quiso jugar con él, ningún adolescente compartir sus secretos. Solo en su madurez había conseguido el amor de una mujer de su pueblo y que cada año paría un varón para mayor gloria del ángel caído. Sus siete hijos mayores estaban en la montaña terminando su proyecto, el más extraño de su vida, fruto de una alucinación onírica gestada en la morbosa mente de su abuelo, el dios del mal. Habían talado los árboles marcados con la cruz gamada, la misma que tuvo Metla, la misma que adornaba también la piel de sus nalgas, la de sus hijos, la misma cruz que orlaría la de todos sus descendientes. Aquellos árboles eran los elegidos para sufrir el particular holocausto de terminar como su padre, inmolados por el filo de un hacha.

El proyecto estaba a punto de terminar, su hermosa embarcación estaba casi lista, sujetada por andamios en la cúspide de la monte de la Alianza, la única en la que se podía ver la confluencia de los dos ríos en los que su antepasada la diosa creadora había vivido y que se había perdido en la memoria de los hombres. El casco de aquel barco secaba su brea al sol. Cientos de horas de trabajo se habían utilizado para que ese encargo tomara forma pese a las mofas que sufría en su pueblo. Subió a cubierta, contó 20 pasos de largo y seis de ancho. Una estructura perfecta, realizada con una eficiencia minimalista, ni un solo resquicio para la entrada de agua, la mejor madera, la mejor brea, los mejores clavos, el mejor de los velámenes. Nada se dejó al azar, aquel sueño fue tan real que le costaba distinguir que no perteneció a su vida, aquel episodio se marcó a fuego en su cabeza, un proyecto perfectamente estructurado, planificado, sin margen para el error o la actuación imaginativa. Mañana al amanecer subiría a la montaña con toda su familia acarreando los víveres que faltaban, porque mañana sería el día elegido, el día por el que había soportado burlas de sus coetáneos, no sólo de los hombres y mujeres de su pueblo, sino de todo aquel al que llegó los rumores de su extravagante creación. Amanecería la fiesta de la Vydani Metla, la fiesta de la liberación, el aniversario de la muerte de la bestia decapitada por el brazo firme de su idolatrada madre. Su pueblo preparaba la fiesta en la explanada contigua, habían subido odres de vino, mesas y bancos corridos para el banquete, se oían los golpes del martillo de los carpinteros que preparaban el atril en donde los músicos demostrarían su destreza hasta la madrugada. Aquella noche se permitiría que las parejas de jóvenes enamorados se perdieran por los rincones del bosque buscando la piel del objeto de sus deseos.

Laska recorrió el mundo creado por Bohyne,  buscando en el espíritu de la vida creada, el consuelo morboso de su pérdida. Escudriñó cada ecosistema, observó los ciclos vitales de los seres que lo poblaban, la crueldad de la muerte de unos para permitir la vida de otros, los movimientos geológicos casi imperceptibles, la deriva continental, se divirtió modificando la isostasia provocando la erupción minoica que hizo saltar por los aires media isla Santorini. Todo en ese planeta estaba en frágil equilibrio, tendría que ser más cuidadosa con sus travesuras o podría destruir la belleza que la embriagaba, la de la esencia de su hermana. Fue testigo en primera línea del magnífico y destructivo espectáculo de una erupción volcánica, de las nubes piroclásticas, la formación de islas negras con el material que escupía el núcleo de aquella roca azul. Sus ojos de diosa vieron amaneceres, sus oídos de diosa escucharon cantos de hombres y animales, su paladar de diosa probó el salitre del mar y el sabor dulce de las frutas, su nariz de diosa la frescura de las corrientes de aire, y a través de su piel disfrutó de sensaciones térmicas, de la dureza, de la suavidad… Dejó al hombre para el último lugar de sus estudios. No entendía cómo teniendo un planeta así, su hermana se había encaprichado de una criatura que no tenía mayor interés creativo, ni excesivamente fuerte, ni demasiado veloz, frágil, débil y con una psicología aparentemente inestable. Sólo el material genético de su hermana inyectado de forma tan generosa en aquellos seres tan poco interesantes, podía resolver el por qué de su rápido crecimiento sobre la faz de la tierra, su inexplicable florecimiento en un mundo mejor preparado para que otras especies tuvieran más posibilidades de triunfo. Había llegado el momento de observarlos, de racionalizar el por qué constituían el capricho de dos seres de naturaleza divina, Bohyne y Bozysin, de cómo las mismas criaturas podían despertar sentimientos antagónicos. Los tenía localizados, los observó durante meses descubriendo que el secreto de su éxito consistía en la colaboración aparentemente altruista de cada miembro. Vivían en comunidad, nacían y morían absolutamente indefensos, y muchos de ellos llevaban una vida en la que la soledad les devoraba por dentro pese a su sociedad plagada de rituales y normas. La unión de muchos pequeños gestos, de muchos pequeños inventos, de muchas pequeñas individualidades constituía la culminación de la especie. Condenados a poblar la tierra y someterla peleando entre ellos, morirían de éxito, se extinguirían por ser excesivamente eficientes, era parte de la herencia de su hermana. Descubrió la distinta forma de evolución que imperaba sobre ellos. En todo ser vivo la selección natural actuaba con crueldad aplastante sobre el individuo débil, pero en esta especie se imponía la selección grupal, era el grupo el que sobrevivía o se extinguía bajo la espada inmisericorde de pueblos vecinos, ávidos por obtener a la fuerza lo que no les pertenecía. Vio como la estirpe de Bozysin se extendía a través de su hijo Metla, vio su crueldad, su despotismo, su desmedida soberbia, y su caída a causa de la lujuria. Se prometió a sí misma que lo único que quedaba de su hermana no caería víctima del mal que se extendía y una lágrima cayó de sus ojos directamente sobre el jardín del Eden. 

La fiesta había empezado a medio día y aún continuaba cuando el sol se volvió negro muchas horas antes del ocaso. Desapareció el astro rey y los pájaros dejaron de cantar. Los hombres se miraban unos a otros desconcertados cuando un ruido les hizo mirar a todos en la misma dirección. La tierra se estaba partiendo a sus pies, a temblar como una niña a la que van a sacrificar para aplacar la caprichosa ira de un dios, mientras veían como el cielo se desplomaba encima de la Tierra. Una ingente cantidad de agua, como una catarata descomunal provocaba aquel ruido que taladraba los oídos. Zatra lo sabía, había llegado el momento que estaba esperando desde hacía años, el momento de entrar en su barca. Todo duró un escaso minuto, y se hizo el silencio más desgarrador, diez segundos para que el hijo del odiado Metla y la amada Ada pudiera gritar a su pueblo que entrara en la barca. Una enorme masa de agua avanzaba hacia ellos, derribando a su paso todo lo que encontraba, dejando todo devastado, moldeando de forma irreconocible el paisaje, extinguiendo cualquier forma de vida que se encontrara de camino. Aquella masa de agua llegó al monte de la alianza, convertida en una macabra sopa en la que se suspendían árboles centenarios, piedras, barro, animales y hombres, en la que dormían en su seno vidas cercenadas, proyectos rotos y pueblos diezmados. Zatra fue el último de su pueblo que subió al barco, que crujió con la llegada del fluido innombrable en el que se había convertido aquella única lágrima. Vibró y se movió a merced de las fuerzas que lo empujaban, pero no volcó y Zatra salvó a su pueblo como años antes hizo Ada. La triple línea genética seguiría habitando la joya azul de Bohyne, la fallecida diosa creadora, pero ahora no estaba sola a merced de su hijo, el ángel caído, sino que tenía a Laska para equilibrar el bien y el mal. Y desde ese día el planeta cuenta con el inestable equilibrio de esas fuerzas antagónicas.

viernes, 31 de julio de 2015

Génesis VI


Había encontrado un lugar para vivir, después de vagar durante eones buscando un sitio adecuado en donde extender el mal que le corroía el alma, de vengarse de sus orígenes. El prototipo más perfecto de los dioses se había revelado contra ellos. Estaba hecho con su esencia, su inteligencia y su poder, le habían insuflado espíritu embadurnando su piel con sudor de dioses, llenando sus pulmones con el mismo aire que Ellos respiraban, mutado con la genética de los Todopoderosos a través de sangre y saliva. Hecho a la imagen y semejanza de aquellas caprichosas deidades, pero solo su producto, era producto de la diosa. Era Bozysin, syn bohyně (*checo), Filiusdai, figlio prediletto della dea ( *latín ) el hijo de los dioses, hijo de la diosa, de su absoluta obsesión por crear. La diosa engendraba de forma obsesiva, materializaba sus erráticas ideas con la misma facilidad que las destruía, creó universos de la nada y criaturas desde el cero absoluto, con la prepotencia se ser quien era, con la soberbia de saberse una mente superior. Todo lo creado lo pulverizaba  con la misma facilidad e inmisericordia absoluta. Pero Bozysin fue distinto, lo creó a su imagen y semejanza cuando era muy joven. A la hora de exterminarlo solo pudo clavar sus dientes en él hasta que la boca le supo a sangre. Fue un momento de debilidad, el imperdonable error de mirarlo a los ojos un segundo antes, no debería haberlo hecho pero ocurrió, hasta los dioses comenten errores y son capaces de sentir misericordia. Desde entonces cada día intentó destruirlo, era su deseo acabar con él, terminando a la vez con la mayor de sus debilidades.

Bozysin fue testigo de la disociación entre la materia y la antimateria, de cada uno de los universos que su ama y señora creaba a su arbitrariedad, con despotismo, solo para matar el tiempo de su consabida y disfrutada inmortalidad. Observó absorto las luces de colores que se formaban al chocar las galaxias, fascinado del encapsulado de la antimateria, de los crujidos que se generan en el vacío más absoluto, de la música generada por el movimiento de las estrellas. Lloró con desconsuelo cada vez que un universo era destruido, cada vez que la diosa lo dejaba solo, cada vez que se sentía y sabía inferior, cada vez que no se sentía amado. Bozysin amaba a la diosa, pero la eternidad le fue volviendo duro y los desprecios malo. La diosa sabía que iba a ocurrir. Las creaciones antojadizas de los dioses siempre daban malos resultados. Había visto juicios a estos ángeles caídos, hijos ilegítimos de los dioses, creaciones imperfectas de su ego. Por eso quiso destruirlo el día que lo creó, y por eso ahora entendía como aquellos seres terminaban por sobrevivir pese a los problemas que daban a sus autores.  Todos terminaban igual, un juicio sumarísimo y una sentencia a ser destruidos. Aquel hubiese sido el destino de Bozysin si la diosa no hubiera desaparecido.

No era la primera vez que su caprichosa y errática creadora desparecía una temporada, pero aquella vez las circunstancias eran un poco distintas. Había un proyecto en marcha, la fecunda mente de su madre tenía un universo con el que divertirse. Esta vez parecía distinto, se había ilusionado de verdad con ese proyecto, se la veía perderse cada día en él y regresar cada noche dejándole solo, a su libre albedrío, teniendo la oportunidad de vagar por el mundo de los seres inmortales, de observar sus comportamientos y escuchar sus conversaciones. Por primera vez era libre. Aquel universo le estaba proporcionando una libertad de la que hasta entonces no había gozado, era su oportunidad de buscar un hueco en el copado estamento divino. Sabía que su juicio no tardaría en llegar y le apremiaba desaparecer y tener así una oportunidad de sobrevivir.  Aun así la esperó y la esperó durante océanos de tiempo y su corazón comenzó a fosilizarse. Su amada, madre, diosa, dueña no volvería jamás, lo había abandonado en el mundo de los eternos, imperecederos, arbitrarios e inclementes dioses. Juró que la encontraría y que nunca dejaría que su amor volviera a partir de su lado.

Bozysin entró en la última creación de la diosa. Ahora entendía la fascinación que había ejercido en ella, el cambio que la había supuesto la creación sublime que estaba contemplando. Aquel universo era enorme, el más grande que su dueña había creado e incluso podía ver como seguía expandiendo sus límites y encapsulando la antimateria. Si alguno de los dioses lo encontrara lo haría contraerse sobre sí mismo, y ninguno de los dos podría regresar. Le iba a costar mucho encontrar a su idolatrada diosa, a su Bohyné, nombre que tan solo susurraba en voz baja cuando nadie le oía. Ahora era un ángel caído perdido en un espacio infinito. Él fue testigo de su génesis, pero no pudo ni siquiera vislumbrar la belleza de aquellas nubes de gases dando lugar a galaxias de infinitas formas y espectros lumínicos. Y aquel ángel caído buscó y buscó por los rincones del universo de su diosa, en cada uno de los planetas que orbitaban en cada una de las estrellas, de cada una de las galaxias, en cada nube de polvo estelar. Sin descanso, de forma obsesiva, buscó y buscó tanto que olvidó lo que estaba haciendo hasta que llegó a una galaxia con dos brazos, y en uno de ellos encontró una estrella de tamaño medio en el que existía un sistema planetario distinto. El tercer planeta era un pequeño diamante de color azul. No buscaría más, si Ella no estaba allí, en ese planeta terminaría su infructuosa búsqueda.

Reconoció el ADN en la vida de ese mundo en los límites de ningún sitio. Su Bohyne estaba allí, en alguna parte, o era seguro que allí había estado. Ese planeta era digno del complejo material genético que él también compartía, una llamada de la sangre en cada planta, animal y bacteria.  Su búsqueda estaba a punto de concluir a un pequeño paso de que su corazón dejara de tener ternura. Recorrió los azules mares, disfrutó de los bancos de peces, del espectáculo de las colonias calcáreas que forman los corales, de las marismas,  de la vida abriéndose paso en condiciones extremas, de los hielos de los polos y los tórridos desiertos, de las selvas, las sabanas y los manglares. Escudriñó en cada ecosistema de aquella joya azul, hasta que llegó a un jardín entre dos ríos. Le costó reconocerla, allí estaba su diosa. Ya no era una diosa joven, cientos de arrugas surcaban su cara. Había perdido la soberbia de los seres inmortales y en sus gestos había una ternura y un amor que él jamás había recibido, ofreciendo cuidados y mimos extremos hacia un ser tan arrugado como ella. Después de tanto tiempo había encontrado a su amada convertida en otra cosa, amando a otra cosa que no supo cómo definir, en un planeta inconspicuo en mitad de una creación caprichosa. En aquel mismo instante su corazón terminó de petrificarse, no podía vengarse de su propia madre, pero sí de sus descendientes. Había encontrado el sitio en el que extender sus alas negras de ángel caído. Buscó su hogar en el incandescente centro de aquella tierra para estar cerca de las que serían sus víctimas. Generación tras generación sopló su aliento maligno sobre los vástagos de las dos líneas genéticas de su odiada ama, diosa y madre, de sus propios hermanos. Y por eso el mal existe en el mundo, la diosa murió siendo mortal y no puede protegernos, y sólo el inmortal  Bohyne campea por el mundo sembrando la discordia. El oscuro ángel caído ganó la batalla al amor de la diosa en su mayor y mejor creación. El regalo del libre albedrío en manos del mal terminó siendo la perdición de lo que el amor había creado. 

 

miércoles, 29 de julio de 2015

Soy de Castilla, soy abulense.


Aparco el coche a la sombra y ando despacio hacia la estación de tren de Ávila. En esta ciudad no se puede andar deprisa, todo tiene su ritmo natural, lejos del forzado ritmo frenético de la capital del reino, a poco más de cien kilómetros de distancia física y a miles de kilómetros en mi cerebro. Hay ruido de coches, pero entre motor y motor puedo escuchar los pasos de mis sandalias sobre los adoquines de piedra en sonido regular y cadencioso. Toda ella es de granito, el asfalto en un invento moderno que ahoga el alma de esa ciudad hecha a base de rocas. Se abren las puertas automáticas de cristal cuando el detector de la puerta se percata de mi presencia. Un rasgo de modernidad dentro de un lugar en el que el tiempo pasa de otra forma sin llegar a detenerse. Un guiño al nuevo siglo en un lugar vetusto. Una sola sala de techos casi eclesiásticos y allí están, esas dos pinturas en ocre, una frente a la otra. Existen tantas iglesias que parece que el edificio de la estación se resiste con soberbia a no parecer otra. No puedo entrar en esa sala sin que mis ojos se detengan en esas paredes y disfrutarlas por lo menos durante diez segundos. El campesinado abulense. Son casi mías, porque veo a mis abuelos reflejados en ellas, y casi como en una oración me veo obligada a susurrar el nombre de los cuatro. En una de las pinturas solo hay figuras con su traje tradicional, en el  otro lado campesinos con el fondo de la muralla. Tapados de la cabeza a los pies para resguardarse del frío invernal y del sol de verano. Caras enjutas, serias, caras acostumbradas al sacrificio, al hambre, a los rigores y pruebas de la vida y de la muerte. Imágenes gigantes a las que me siento unida, efigies que son Yo hace cien años, cuando no había coches, ni puertas de cristal con detectores, ni supermercados en los que ir a comprar el último capricho que se nos pasa por la cabeza, en las que el hambre era real, y la esperanza de una vida mejor solo alcanzable con la muerte. Cien años no es nada en la historia de la Tierra, ni siquiera en la historia del hombre, pero en esas inamovibles imágenes el tiempo se multiplica. Estoy demasiado cerca y demasiado lejos de esos hombres que apoyan su mano en el hombro de su mujer y me miran impasibles a través del tiempo y de la pintura ocre. Estoy allí pintada, con la muralla de fondo, esa mujer también soy yo a través del tiempo. Cambio mis dolores de cabeza por sus dolores de espalda, mis prisas por llegar a todo, por su silla a la puerta de casa zurciendo la ropa de su familia, mis reuniones por sus ratos en el huerto. Y aquella vida me parece impensable, ficticia, tan alejada de mí que me cuesta trabajo pensar que no dejo de ser un producto evolucionado de aquel tiempo. La muralla dejó de ser un elemento de defensa para ser uno de turismo. Una ciudad constreñida al sus límites, construida incluso con estelas funerarias. Testigo impasible de las generaciones que se van sucediendo, de la religiosidad casi obscena que se respira en cada rincón. Todo aquello en aquella pintura ocre que me pone los pelos de punta y con la que conecto mientras en la megafonía se anuncia el tren que proviene de Valladolid… bajo mi cabeza al siglo XXI y continúo con mi vida.