viernes, 28 de agosto de 2015

Génesis VII



Laska  no encontró a Bohyne, sino la maldad de Bozysin. Su amada no sobrevivió  a la mortalidad de su cuerpo libremente elegida, pero su esencia seguía impresa en aquella joya azul. Ella lo había visto, pero no había llegado a tiempo. Su caprichosa, imaginativa y voluble niña mimada se había quedado atrapada en aquel pequeño planeta. Su corazón lo intuía todo desde el principio, pero dejó que los antojos de su hermana menor se fueran fraguando en realidades.  La había observado desde el comienzo de su vida, siempre tan diferente al resto de los dioses, tan hiperactiva en sus planteamientos, siempre inventando, destruyendo, haciendo realidad sus ideas y luchando por sus proyectos. Bohyne era especial, tan distinta que parecía frágil dentro de su absoluta fortaleza, que parecía tímida dentro de su extravagancia, que parecía cruel y despiadada dentro del infinito amor que podía generar su espíritu. Laska la conocía muy bien, sabía de la realidad de su ángel caído y de sus universos, pero nunca pudo imaginar que desaparecería engullida en una de sus creaciones, herida de amor por una de sus quebradizas criaturas, entregada su inmortalidad en aras de la existencia de una nueva especie. No había llegado a tiempo. De su amada hermana solo permanecía  su sustancia, su esencia, su espectro en la atmósfera, su espíritu en cada piedra, en cada ser vivo de esa masa rocosa en medio de ningún sitio.

Cuando llegó, existían unos cuantos miles de herederos de Bohyne poblando aquella tierra. También podía oler a la estirpe de Bozysin, estaba allí, mezclando su sangre con  la de su hermana, tres líneas genéticas absolutamente distintas y con un génesis común. El ángel caído no pudo resistir la tentación de engendrar un varón en el cuerpo de una descendiente de la diosa creadora. Buscaba extender su influencia. Pasando  unos años, sus hijos serían tan numerosos como las estrellas de aquel universo en expansión. Aquella había sido la frase de la alianza de la diosa con el hombre, tu descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo, esa iba a ser también su alianza con aquella estirpe a la que odiaba e iba divertirse molestando, por pura venganza, por puro placer morboso, por pura maldad. Engendrar en una mujer lo dejó exhausto, marchitó su cuerpo, escamó su piel  y  volvió su perfecta belleza en un ser horrendo y fotofóbico. No podría volver a seducir a una hembra humana para que yacieran con él de forma voluntaria. El varón de formaba en aquel vientre era la única oportunidad que iba a tener de dejar su impronta dentro de aquella especie. Y así, los genes del ángel caído formaron un cuerpo perfecto y una inteligencia malvada dentro de un ser llamado a ser el azote de las naciones de la tierra. El verdadero primer descendiente de las tres líneas, el triángulo en el que confluían el amor, el rencor y el capricho evolutivo. El ser mortal más perverso, completo y complejo de la creación se abrió paso por el cuerpo de su madre que parió entre aullidos y sangre al primogénito del mal. Si hasta ahora influir en los sueños de los hombres había sido sencillo, corromper su material genético era un proyecto en marcha. Aquel niño se llamó Metla, y nació con la marca de su padre en su glúteo izquierdo, una diminuta cruz gamada. Alimentado con el amor de su madre y la sombra velada de su padre, creció en maldad y sabiduría, en observación y manipulación, en ira y soberbia. Y se construyó sobre ese cerebro un cuerpo perfecto, inmune a la enfermedad y resistente al dolor, con la belleza que su padre perdió al engendrarle.  

Amaneció un espectacular día de primavera. Zatra subió al refugio que tenía en la montaña. Era un hombre de mediana edad, no tenía el ímpetu de sus años mozos, pero había heredado la determinación que había impulsado a su madre a dar el zarpazo definitivo al poder de Metla. Porque había sido su madre Ada, la que había cortado el cuello del tirano, liberando de la opresión a todo su pueblo. Él era el resultado de aquella noche, el último acto que el tirano pudo realizar antes de que su cabeza y su cuerpo se separan, de que la espada cercenara su musculoso cuello. El pueblo quiso matar a Zatra cuando nació, pero su madre se impuso con el mismo coraje que demostró al enfrentarse sola al déspota, y nadie volvió a tener el arrojo de tocar al hijo de su libertadora. Con la cabeza alta tuvo que resistir el hecho de ser Zatra, hijo del odiado Metla y la amada Ada, aunando en su cuerpo lo mejor y peor de cada uno de sus progenitores, el intocable de los intocables, el nieto de Bozysin, protegido por sus escamadas alas cuando la noche se cernía sobre el mundo, y sin embargo creciendo en la bondad inculcada por  Ada. Niño solitario, adolescente solitario, adulto solitario… la soledad había sido la palabra que definía su vida. Ningún niño quiso jugar con él, ningún adolescente compartir sus secretos. Solo en su madurez había conseguido el amor de una mujer de su pueblo y que cada año paría un varón para mayor gloria del ángel caído. Sus siete hijos mayores estaban en la montaña terminando su proyecto, el más extraño de su vida, fruto de una alucinación onírica gestada en la morbosa mente de su abuelo, el dios del mal. Habían talado los árboles marcados con la cruz gamada, la misma que tuvo Metla, la misma que adornaba también la piel de sus nalgas, la de sus hijos, la misma cruz que orlaría la de todos sus descendientes. Aquellos árboles eran los elegidos para sufrir el particular holocausto de terminar como su padre, inmolados por el filo de un hacha.

El proyecto estaba a punto de terminar, su hermosa embarcación estaba casi lista, sujetada por andamios en la cúspide de la monte de la Alianza, la única en la que se podía ver la confluencia de los dos ríos en los que su antepasada la diosa creadora había vivido y que se había perdido en la memoria de los hombres. El casco de aquel barco secaba su brea al sol. Cientos de horas de trabajo se habían utilizado para que ese encargo tomara forma pese a las mofas que sufría en su pueblo. Subió a cubierta, contó 20 pasos de largo y seis de ancho. Una estructura perfecta, realizada con una eficiencia minimalista, ni un solo resquicio para la entrada de agua, la mejor madera, la mejor brea, los mejores clavos, el mejor de los velámenes. Nada se dejó al azar, aquel sueño fue tan real que le costaba distinguir que no perteneció a su vida, aquel episodio se marcó a fuego en su cabeza, un proyecto perfectamente estructurado, planificado, sin margen para el error o la actuación imaginativa. Mañana al amanecer subiría a la montaña con toda su familia acarreando los víveres que faltaban, porque mañana sería el día elegido, el día por el que había soportado burlas de sus coetáneos, no sólo de los hombres y mujeres de su pueblo, sino de todo aquel al que llegó los rumores de su extravagante creación. Amanecería la fiesta de la Vydani Metla, la fiesta de la liberación, el aniversario de la muerte de la bestia decapitada por el brazo firme de su idolatrada madre. Su pueblo preparaba la fiesta en la explanada contigua, habían subido odres de vino, mesas y bancos corridos para el banquete, se oían los golpes del martillo de los carpinteros que preparaban el atril en donde los músicos demostrarían su destreza hasta la madrugada. Aquella noche se permitiría que las parejas de jóvenes enamorados se perdieran por los rincones del bosque buscando la piel del objeto de sus deseos.

Laska recorrió el mundo creado por Bohyne,  buscando en el espíritu de la vida creada, el consuelo morboso de su pérdida. Escudriñó cada ecosistema, observó los ciclos vitales de los seres que lo poblaban, la crueldad de la muerte de unos para permitir la vida de otros, los movimientos geológicos casi imperceptibles, la deriva continental, se divirtió modificando la isostasia provocando la erupción minoica que hizo saltar por los aires media isla Santorini. Todo en ese planeta estaba en frágil equilibrio, tendría que ser más cuidadosa con sus travesuras o podría destruir la belleza que la embriagaba, la de la esencia de su hermana. Fue testigo en primera línea del magnífico y destructivo espectáculo de una erupción volcánica, de las nubes piroclásticas, la formación de islas negras con el material que escupía el núcleo de aquella roca azul. Sus ojos de diosa vieron amaneceres, sus oídos de diosa escucharon cantos de hombres y animales, su paladar de diosa probó el salitre del mar y el sabor dulce de las frutas, su nariz de diosa la frescura de las corrientes de aire, y a través de su piel disfrutó de sensaciones térmicas, de la dureza, de la suavidad… Dejó al hombre para el último lugar de sus estudios. No entendía cómo teniendo un planeta así, su hermana se había encaprichado de una criatura que no tenía mayor interés creativo, ni excesivamente fuerte, ni demasiado veloz, frágil, débil y con una psicología aparentemente inestable. Sólo el material genético de su hermana inyectado de forma tan generosa en aquellos seres tan poco interesantes, podía resolver el por qué de su rápido crecimiento sobre la faz de la tierra, su inexplicable florecimiento en un mundo mejor preparado para que otras especies tuvieran más posibilidades de triunfo. Había llegado el momento de observarlos, de racionalizar el por qué constituían el capricho de dos seres de naturaleza divina, Bohyne y Bozysin, de cómo las mismas criaturas podían despertar sentimientos antagónicos. Los tenía localizados, los observó durante meses descubriendo que el secreto de su éxito consistía en la colaboración aparentemente altruista de cada miembro. Vivían en comunidad, nacían y morían absolutamente indefensos, y muchos de ellos llevaban una vida en la que la soledad les devoraba por dentro pese a su sociedad plagada de rituales y normas. La unión de muchos pequeños gestos, de muchos pequeños inventos, de muchas pequeñas individualidades constituía la culminación de la especie. Condenados a poblar la tierra y someterla peleando entre ellos, morirían de éxito, se extinguirían por ser excesivamente eficientes, era parte de la herencia de su hermana. Descubrió la distinta forma de evolución que imperaba sobre ellos. En todo ser vivo la selección natural actuaba con crueldad aplastante sobre el individuo débil, pero en esta especie se imponía la selección grupal, era el grupo el que sobrevivía o se extinguía bajo la espada inmisericorde de pueblos vecinos, ávidos por obtener a la fuerza lo que no les pertenecía. Vio como la estirpe de Bozysin se extendía a través de su hijo Metla, vio su crueldad, su despotismo, su desmedida soberbia, y su caída a causa de la lujuria. Se prometió a sí misma que lo único que quedaba de su hermana no caería víctima del mal que se extendía y una lágrima cayó de sus ojos directamente sobre el jardín del Eden. 

La fiesta había empezado a medio día y aún continuaba cuando el sol se volvió negro muchas horas antes del ocaso. Desapareció el astro rey y los pájaros dejaron de cantar. Los hombres se miraban unos a otros desconcertados cuando un ruido les hizo mirar a todos en la misma dirección. La tierra se estaba partiendo a sus pies, a temblar como una niña a la que van a sacrificar para aplacar la caprichosa ira de un dios, mientras veían como el cielo se desplomaba encima de la Tierra. Una ingente cantidad de agua, como una catarata descomunal provocaba aquel ruido que taladraba los oídos. Zatra lo sabía, había llegado el momento que estaba esperando desde hacía años, el momento de entrar en su barca. Todo duró un escaso minuto, y se hizo el silencio más desgarrador, diez segundos para que el hijo del odiado Metla y la amada Ada pudiera gritar a su pueblo que entrara en la barca. Una enorme masa de agua avanzaba hacia ellos, derribando a su paso todo lo que encontraba, dejando todo devastado, moldeando de forma irreconocible el paisaje, extinguiendo cualquier forma de vida que se encontrara de camino. Aquella masa de agua llegó al monte de la alianza, convertida en una macabra sopa en la que se suspendían árboles centenarios, piedras, barro, animales y hombres, en la que dormían en su seno vidas cercenadas, proyectos rotos y pueblos diezmados. Zatra fue el último de su pueblo que subió al barco, que crujió con la llegada del fluido innombrable en el que se había convertido aquella única lágrima. Vibró y se movió a merced de las fuerzas que lo empujaban, pero no volcó y Zatra salvó a su pueblo como años antes hizo Ada. La triple línea genética seguiría habitando la joya azul de Bohyne, la fallecida diosa creadora, pero ahora no estaba sola a merced de su hijo, el ángel caído, sino que tenía a Laska para equilibrar el bien y el mal. Y desde ese día el planeta cuenta con el inestable equilibrio de esas fuerzas antagónicas.

viernes, 31 de julio de 2015

Génesis VI


Había encontrado un lugar para vivir, después de vagar durante eones buscando un sitio adecuado en donde extender el mal que le corroía el alma, de vengarse de sus orígenes. El prototipo más perfecto de los dioses se había revelado contra ellos. Estaba hecho con su esencia, su inteligencia y su poder, le habían insuflado espíritu embadurnando su piel con sudor de dioses, llenando sus pulmones con el mismo aire que Ellos respiraban, mutado con la genética de los Todopoderosos a través de sangre y saliva. Hecho a la imagen y semejanza de aquellas caprichosas deidades, pero solo su producto, era producto de la diosa. Era Bozysin, syn bohyně (*checo), Filiusdai, figlio prediletto della dea ( *latín ) el hijo de los dioses, hijo de la diosa, de su absoluta obsesión por crear. La diosa engendraba de forma obsesiva, materializaba sus erráticas ideas con la misma facilidad que las destruía, creó universos de la nada y criaturas desde el cero absoluto, con la prepotencia se ser quien era, con la soberbia de saberse una mente superior. Todo lo creado lo pulverizaba  con la misma facilidad e inmisericordia absoluta. Pero Bozysin fue distinto, lo creó a su imagen y semejanza cuando era muy joven. A la hora de exterminarlo solo pudo clavar sus dientes en él hasta que la boca le supo a sangre. Fue un momento de debilidad, el imperdonable error de mirarlo a los ojos un segundo antes, no debería haberlo hecho pero ocurrió, hasta los dioses comenten errores y son capaces de sentir misericordia. Desde entonces cada día intentó destruirlo, era su deseo acabar con él, terminando a la vez con la mayor de sus debilidades.

Bozysin fue testigo de la disociación entre la materia y la antimateria, de cada uno de los universos que su ama y señora creaba a su arbitrariedad, con despotismo, solo para matar el tiempo de su consabida y disfrutada inmortalidad. Observó absorto las luces de colores que se formaban al chocar las galaxias, fascinado del encapsulado de la antimateria, de los crujidos que se generan en el vacío más absoluto, de la música generada por el movimiento de las estrellas. Lloró con desconsuelo cada vez que un universo era destruido, cada vez que la diosa lo dejaba solo, cada vez que se sentía y sabía inferior, cada vez que no se sentía amado. Bozysin amaba a la diosa, pero la eternidad le fue volviendo duro y los desprecios malo. La diosa sabía que iba a ocurrir. Las creaciones antojadizas de los dioses siempre daban malos resultados. Había visto juicios a estos ángeles caídos, hijos ilegítimos de los dioses, creaciones imperfectas de su ego. Por eso quiso destruirlo el día que lo creó, y por eso ahora entendía como aquellos seres terminaban por sobrevivir pese a los problemas que daban a sus autores.  Todos terminaban igual, un juicio sumarísimo y una sentencia a ser destruidos. Aquel hubiese sido el destino de Bozysin si la diosa no hubiera desaparecido.

No era la primera vez que su caprichosa y errática creadora desparecía una temporada, pero aquella vez las circunstancias eran un poco distintas. Había un proyecto en marcha, la fecunda mente de su madre tenía un universo con el que divertirse. Esta vez parecía distinto, se había ilusionado de verdad con ese proyecto, se la veía perderse cada día en él y regresar cada noche dejándole solo, a su libre albedrío, teniendo la oportunidad de vagar por el mundo de los seres inmortales, de observar sus comportamientos y escuchar sus conversaciones. Por primera vez era libre. Aquel universo le estaba proporcionando una libertad de la que hasta entonces no había gozado, era su oportunidad de buscar un hueco en el copado estamento divino. Sabía que su juicio no tardaría en llegar y le apremiaba desaparecer y tener así una oportunidad de sobrevivir.  Aun así la esperó y la esperó durante océanos de tiempo y su corazón comenzó a fosilizarse. Su amada, madre, diosa, dueña no volvería jamás, lo había abandonado en el mundo de los eternos, imperecederos, arbitrarios e inclementes dioses. Juró que la encontraría y que nunca dejaría que su amor volviera a partir de su lado.

Bozysin entró en la última creación de la diosa. Ahora entendía la fascinación que había ejercido en ella, el cambio que la había supuesto la creación sublime que estaba contemplando. Aquel universo era enorme, el más grande que su dueña había creado e incluso podía ver como seguía expandiendo sus límites y encapsulando la antimateria. Si alguno de los dioses lo encontrara lo haría contraerse sobre sí mismo, y ninguno de los dos podría regresar. Le iba a costar mucho encontrar a su idolatrada diosa, a su Bohyné, nombre que tan solo susurraba en voz baja cuando nadie le oía. Ahora era un ángel caído perdido en un espacio infinito. Él fue testigo de su génesis, pero no pudo ni siquiera vislumbrar la belleza de aquellas nubes de gases dando lugar a galaxias de infinitas formas y espectros lumínicos. Y aquel ángel caído buscó y buscó por los rincones del universo de su diosa, en cada uno de los planetas que orbitaban en cada una de las estrellas, de cada una de las galaxias, en cada nube de polvo estelar. Sin descanso, de forma obsesiva, buscó y buscó tanto que olvidó lo que estaba haciendo hasta que llegó a una galaxia con dos brazos, y en uno de ellos encontró una estrella de tamaño medio en el que existía un sistema planetario distinto. El tercer planeta era un pequeño diamante de color azul. No buscaría más, si Ella no estaba allí, en ese planeta terminaría su infructuosa búsqueda.

Reconoció el ADN en la vida de ese mundo en los límites de ningún sitio. Su Bohyne estaba allí, en alguna parte, o era seguro que allí había estado. Ese planeta era digno del complejo material genético que él también compartía, una llamada de la sangre en cada planta, animal y bacteria.  Su búsqueda estaba a punto de concluir a un pequeño paso de que su corazón dejara de tener ternura. Recorrió los azules mares, disfrutó de los bancos de peces, del espectáculo de las colonias calcáreas que forman los corales, de las marismas,  de la vida abriéndose paso en condiciones extremas, de los hielos de los polos y los tórridos desiertos, de las selvas, las sabanas y los manglares. Escudriñó en cada ecosistema de aquella joya azul, hasta que llegó a un jardín entre dos ríos. Le costó reconocerla, allí estaba su diosa. Ya no era una diosa joven, cientos de arrugas surcaban su cara. Había perdido la soberbia de los seres inmortales y en sus gestos había una ternura y un amor que él jamás había recibido, ofreciendo cuidados y mimos extremos hacia un ser tan arrugado como ella. Después de tanto tiempo había encontrado a su amada convertida en otra cosa, amando a otra cosa que no supo cómo definir, en un planeta inconspicuo en mitad de una creación caprichosa. En aquel mismo instante su corazón terminó de petrificarse, no podía vengarse de su propia madre, pero sí de sus descendientes. Había encontrado el sitio en el que extender sus alas negras de ángel caído. Buscó su hogar en el incandescente centro de aquella tierra para estar cerca de las que serían sus víctimas. Generación tras generación sopló su aliento maligno sobre los vástagos de las dos líneas genéticas de su odiada ama, diosa y madre, de sus propios hermanos. Y por eso el mal existe en el mundo, la diosa murió siendo mortal y no puede protegernos, y sólo el inmortal  Bohyne campea por el mundo sembrando la discordia. El oscuro ángel caído ganó la batalla al amor de la diosa en su mayor y mejor creación. El regalo del libre albedrío en manos del mal terminó siendo la perdición de lo que el amor había creado. 

 

miércoles, 29 de julio de 2015

Soy de Castilla, soy abulense.


Aparco el coche a la sombra y ando despacio hacia la estación de tren de Ávila. En esta ciudad no se puede andar deprisa, todo tiene su ritmo natural, lejos del forzado ritmo frenético de la capital del reino, a poco más de cien kilómetros de distancia física y a miles de kilómetros en mi cerebro. Hay ruido de coches, pero entre motor y motor puedo escuchar los pasos de mis sandalias sobre los adoquines de piedra en sonido regular y cadencioso. Toda ella es de granito, el asfalto en un invento moderno que ahoga el alma de esa ciudad hecha a base de rocas. Se abren las puertas automáticas de cristal cuando el detector de la puerta se percata de mi presencia. Un rasgo de modernidad dentro de un lugar en el que el tiempo pasa de otra forma sin llegar a detenerse. Un guiño al nuevo siglo en un lugar vetusto. Una sola sala de techos casi eclesiásticos y allí están, esas dos pinturas en ocre, una frente a la otra. Existen tantas iglesias que parece que el edificio de la estación se resiste con soberbia a no parecer otra. No puedo entrar en esa sala sin que mis ojos se detengan en esas paredes y disfrutarlas por lo menos durante diez segundos. El campesinado abulense. Son casi mías, porque veo a mis abuelos reflejados en ellas, y casi como en una oración me veo obligada a susurrar el nombre de los cuatro. En una de las pinturas solo hay figuras con su traje tradicional, en el  otro lado campesinos con el fondo de la muralla. Tapados de la cabeza a los pies para resguardarse del frío invernal y del sol de verano. Caras enjutas, serias, caras acostumbradas al sacrificio, al hambre, a los rigores y pruebas de la vida y de la muerte. Imágenes gigantes a las que me siento unida, efigies que son Yo hace cien años, cuando no había coches, ni puertas de cristal con detectores, ni supermercados en los que ir a comprar el último capricho que se nos pasa por la cabeza, en las que el hambre era real, y la esperanza de una vida mejor solo alcanzable con la muerte. Cien años no es nada en la historia de la Tierra, ni siquiera en la historia del hombre, pero en esas inamovibles imágenes el tiempo se multiplica. Estoy demasiado cerca y demasiado lejos de esos hombres que apoyan su mano en el hombro de su mujer y me miran impasibles a través del tiempo y de la pintura ocre. Estoy allí pintada, con la muralla de fondo, esa mujer también soy yo a través del tiempo. Cambio mis dolores de cabeza por sus dolores de espalda, mis prisas por llegar a todo, por su silla a la puerta de casa zurciendo la ropa de su familia, mis reuniones por sus ratos en el huerto. Y aquella vida me parece impensable, ficticia, tan alejada de mí que me cuesta trabajo pensar que no dejo de ser un producto evolucionado de aquel tiempo. La muralla dejó de ser un elemento de defensa para ser uno de turismo. Una ciudad constreñida al sus límites, construida incluso con estelas funerarias. Testigo impasible de las generaciones que se van sucediendo, de la religiosidad casi obscena que se respira en cada rincón. Todo aquello en aquella pintura ocre que me pone los pelos de punta y con la que conecto mientras en la megafonía se anuncia el tren que proviene de Valladolid… bajo mi cabeza al siglo XXI y continúo con mi vida.   

 

 

domingo, 28 de diciembre de 2014

Génesis V

Aquel pedacito de Ceres había cumplido bien su cometido y la diosa soñó aquella noche con un mundo diferente, de seres más pequeños y paisajes diversos, con nichos ecológicos en los que vivieran miles de especies más dulces que las que acababa de destruir. Solo un pensamiento la consolaba de la aberración que acababa de cometer, y ese era, de la muerte surge la vida. Tuvo un sueño intranquilo, las imágenes de sus gigantes extinguiéndose especie tras especie se sucedieron en la fase onírica de su agitada mente. Se despertó varias veces pensando en juntar la materia y la antimateria y empezar de cero. Al día siguiente al levantarse vería el destrozo que había hecho y actuaría en consecuencia. Con la oscuridad y el cansancio no pueden tomarse decisiones que afecten a todo un universo. Así que volvió a dormirse deseando que aquella noche acabara pronto. Y la noche acabó, porque el tiempo pasa de forma cruel e inexorable incluso para los dioses. Por muy inmortales que sean no se pueden librar ni del dolor ni del remordimiento. Así que la diosa se acercó de nuevo a su planeta para ver qué había sido de él.
Una carcajada cristalina surgió de su garganta, un grito de júbilo. La vida se había abierto paso de nuevo. Aquel meteorito no había acabado con toda la vida sobre la tierra, ni tan siquiera la había simplificado a nivel de artrópodo o peor, de bacteria. Estaba ocurriendo como ella había soñado aquella noche. Nuevas especies habían florecido del caos, animales cubiertos de pelos y de plumas, los peces cartilaginosos habían sobrevivido y dado lugar a peces oseos, los helechos se habían reducido a unas pocas especies en zonas húmedas, y en su lugar hierbas, arbustos y árboles se erguían en extensas zonas. El planeta seguía teniendo un bonito color azul y verde, coronado con dos bonetes de blanco perfecto en sus puntas. Respiró prometiéndose a sí misma que nunca volvería a crear una extinción masiva.
Y observó a los animales, solo los cubiertos de plumas seguían poniendo huevos para reproducirse, solo esos y un extraño animal con pico de pato al que no dio mucha importancia. Había miles de especies de vertebrados para observar y divertirse. Desde arriba el planeta tenía separada la tierra y el mar, y esta se encontraba casi toda en grandes masas continentales. Observó las dorsales oceánicas, las placas litosféricas, las mareas, las corrientes marinas, los terremotos, maremotos y volcanes. La física y la evolución lo estaban convirtiendo en un planeta muy diverso, más interesante de lo que había sido hasta entonces. Había flores de los más increíbles colores, frutas, plantas de formas diversas, creciendo incluso en el medio ambiente más desfavorable.
Volvió a sus ojos al centro de uno de los continentes del sur. Había una inmensa extensión de tierra en la que la vida se había desarrollado con especial virulencia y fue allí, en aquel rincón de un planeta esquinado en un universo en expansión, donde encontró lo que buscaba. Por fin aquella especie había aparecido, después de muchas extinciones y dos  de ellas masivas, había surgido una criatura casi a su imagen, cuya forma era muy parecida a la de la diosa. Vivía en pequeños clanes, tenía una marcada organización social, comían de todo y a pesar de no ser buenos en nada se las apañaban muy bien. No eran rápidos corriendo, ni tenían garras afiladas, ni podían volar, eran tremendamente vulnerables a los ataques los depredadores, sin embargo mostraban claros signos de inteligencia. La diosa eligió a esa especie para que reinara sobre el resto de ellas. Necesitaba llevarse a uno de esos individuos para dar el siguiente paso en su desplanificada y caótica manera de gobernar el planeta. Así que la diosa, esa misma noche, secuestró del clan a macho joven, lo recogió entre sus manos y lo llevó muy al norte, en la confluencia entre dos ríos. Lanzó sobre él un profundo sueño mientras le preparaba para ser el primer ser racional del planeta. Le irguió la espalda, le estiró para aumentar su tamaño y hacerlo más grácil,  y depiló, insufló su aliento por la naríz  para desarrollar su inteligencia. Cuando lo tuvo preparado lo dejó dormir debajo de un árbol. Mientras dormía le puso un nombre, Adán, el padre de todos los hombres. Surgido directo de su adn, con la misma forma que los dioses y con inteligencia para dominar el planeta. La diosa lo miraba dormido y surgió de ella un sentimiento que las diosas no deben tener a las criaturas que de ellas salen. Puso sus manos sobre su pecho y le dijo: ''Serán tus descendientes más numerosos que las estrellas del cielo, y su heredad este planeta, para que lo cuiden y gobiernen con sabiduría, llevan mis genes, los de una diosa, que hagan gala del patrimonio que llevan en sus células o yo misma acabaré con ellos''. Y fue esa alianza la que le unió para siempre a esa rara especie y a ese individuo que ella misma forjó con sus manos.
Y Adán durmió durante meses, la diosa lo cuidaba y alrededor del dormido creó un jardín, un Edén para esa criatura de la que ya no podría separase. Creó un paraíso con todas las clases de animales y plantas que podían agradar a su hombre. Recorrió el mundo buscando los más bellos y los colocó en armonía alrededor de esa criatura que cada día alimentaba de su aliento. Y la criatura maduró, pasó de macho joven a un magnífico espécimen adulto, en su sueño y gracias al alimento que Ella le daba cada día, creció en sabiduría, hasta el día que le tocó despertar de ese dulce letargo en el que todo le era dado. La diosa se escondió viendo como estiraba ese magnífico cuerpo que empezaba a vivir. Espió como sonreía, sus dientes blancos sobre su piel tostada, sus ojos oscuros observando por primera vez todo lo que había alrededor con una chispa de inteligencia. La diosa se alegró de haber mandado ese meteorito, aquella criatura era merecedora de la extinción de los dinosaurios y de la noche en duermevela que había pasado. Y Adán abrió la boca y de sus labios surgieron las primeras palabras de la historia '' Serán mis descendientes más numerosos que las estrellas del cielo y su heredad este planeta''. Lo recordaba, se le había grabado en su subconsciente mientras se transformaba en el primer hombre. El círculo se cerraba ambos habían aceptado el contrato que los uniría para siempre. Adán vivió feliz en aquel lugar alimentándose de todos los frutos que quería. Paseaba sintiendo el rocío de la hierba al levantarse, miraba a las estrellas al acostarse y con su inteligencia superior puso nombre a todos los animales y las plantas que vivían con él. Buscó y buscó, pero no encontró una compañera para él, vio como todos los animales iban en pareja, pero Adán, el primer hombre, el dueño y señor del lugar más increíble de la tierra, estaba solo. Dejó de pasear, de poner nombres a las cosas y de admirar el cielo lleno de estrellas. Se sentaba horas y horas delante de la cascada viendo como caía el agua, sin querer comer ni beber. La diosa no pudo esperar más, no podía seguir viendo como su mejor obra se dejaba morir de melancolía, tenía que buscarle un igual. Volvió al centro de África a la tribu natal de su hombre a buscarle una compañera. Haría lo mismo, la cambiaría de aspecto y psicología. Miró y miró, pero no pudo encontrar nada adecuado, el tiempo corría en contra, no podía inducirla un coma y moriría en la transformación. Y así fue como la diosa unió su vida a la de su criatura, tomando forma humana y bajando al Edén a vivir con Adán. Se llamó a si misma Eva y en un absoluto acto de valentía se volvió mortal.
Adán estaba sentado a la orilla de la laguna y Eva se sentó a su lado. Se miraron y de la boca de la que fue diosa surgieron las palabras de la alianza '' Serán nuestros descendientes más numerosos que las estrellas del cielo y su heredad este planeta''. Eva acercó su boca a la de Adán y empezó a cobrarse el precio de la mortalidad. Había amado a esa criatura desde su formación y ahora podía sentir la suavidad de esos labios uniéndose a los suyos, el sabor salado de su saliva y la calidez de su lengua entre sus dientes. Adán y Eva se amaron, sus almas comulgaron y sus cuerpos se unieron y de aquel día con su noche anidó en el útero de Eva la primera generación de hombres, cuyas dos lineas genéticas provenían de una diosa. Y el vientre de Eva de abultó y parió entre dolor y sangre a gemelos varones, Caín y Abel, que salieron del Eden a poblar la Tierra. Adán y Eva vivieron felices en el paraíso, tuvieron más hijos y siempre se amaron hasta el día que murieron. Sus hijos poblaron la Tierra y la destruyeron. Ninguno de los otros dioses supo de la existencia de este universo y menos del pequeño planeta en el que, por amor, una diosa se convirtió en mortal. Por eso cada vez que nuestro ADN nos pide hablar con los dioses, nadie nos contesta, porque ninguno de ellos oyó hablar de nosotros. Y así fue como el quinto día la diosa creó el género humano.

  

lunes, 8 de diciembre de 2014

Génesis IV

Abrió un ojo muy despacio, crear vida la había dejado agotada y había dormido como hacía tiempo que no lograba hacerlo. Se incorporó de un salto y su primer pensamiento fue para su planeta azul. Lo había abandonado en plena extinción cámbrica. Tal vez dentro de algunos días existan seres inteligentes caminando sobre la superficie, seres que logren entender la dicotomía de las cosas, el sencillo principio de que todo termina siendo lo mismo. Al separar la materia y la antimateria surge el universo, de la muerte surge la vida, y las extinciones son necesarias para avanzar y mejorar las especies. La luz y las oscuridad terminan siendo dos realidades no tan antagónicas. En la primera etapa, de la disgregación de su doble hélice de ADN habían surgido formas interesantes, pero nada que le llamara realmente la atención. Cuando se decidió a que la nada diera lugar a su espectáculo de colores, el azar lo fue todo, pero cuando encontró ese pequeño planeta azul, por su mente pasó que aquel sería un bonito sitio para crear una criatura hecha de si misma, una especie/hijo que como ella tuviera dos manos, dos piernas y un cerebro en búsqueda de respuestas.
Era muy tarde, había avanzado la mañana realmente mucho y se puso a observar las criaturas que habían surgido del experimento de enfriar su planeta. Un sonido sordo surgió de sus labios,¡¡aquello no era posible !!, su planeta marrón y azul se había convertido en verde y azul. Se había enderezado y vuelto a calentar, las algas habían salido del mar y estaban por todas partes. Ya no eran pequeñas y blandas, se erguían poderosas hacia el cielo y lo llenaban todo. Competían de forma casi cruel por el espacio y la luz. Toda la gama de verdes estaba en ellas. Qué curioso, reflejan el verde porque son rojas, pensó la diosa, se ha vuelto a crear clorofila, como hace dos universos. Y veía como a los helechos los mecía el viento y... ¡¡qué era aquello !! animales fuera del agua, estaba claro que había dormido demasiado. Eran animales gigantes, con una variabilidad asombrosa. Unos comían plantas y otros se alimentaban cazando. Unos iban en grupo y otros en solitario, unos eran gigantescos y otros muy pequeños. Había animales en todos los hábitat en tierra, en el aire, en el mar, tenían un aspecto fiero y duro. Era increíble lo que se había perdido mientras dormía. La colonización de la tierra por las plantas, los primeros animales respirando fuera del agua, se había perdido una era entera, este debía ser el terciario, Júrasico o Cretácico, era difícil de delimitarlo. Una belleza, todo tan lleno de vida, todo creado con las mutaciones de su material genético, todos hijos suyos.
Formas con una belleza terrible, predadores de una crueldad absoluta y criaturas de ojos bondadosos comedoras de helechos. La vida se abría paso de forma intensa, las formas evolucionaban de manera absolutamente asombrosa. Sus ojos vieron al mayor depredador de todos los tiempos, un gigante bípedo con dientes afilados que hacía que la tierra temblara a cada uno de sus pasos, el rey de los depredadores. La diosa pensó que estaba allí porque la evolución se le había escapado de las manos, pero que nunca dejaría que una especie depredadora volviera a alcanzar semejante tamaño. El mar también estaba lleno de estas criaturas, y reconoció alguna que ya había visto antes. Se sintió orgullosa de lo que estaba ocurriendo, aunque no podía decir que esa espiral de supervivencia se pudiera calificar de buena. Ya había ocurrido antes de que se durmiera, algunos animales habían optado por alimentarse de plantas y otros de otros animales. Nada se desperdiciaba, y esa base se estaba manteniendo. Todos los seres vivos se esforzaban por dejar descendencia a costa de diezmar la descendencia de los demás.
Bueno, ya he visto bastante, pensó la diosa. Durante todo el día pasaron por mis ojos la vida y la muerte de criaturas increibles, pero no es lo que quiero para mi planeta. Y se puso a pensar que podía hacer para cambiar el curso evolutivo. Miró al cielo y tuvo una idea. Un trozo de Ceres, ¡¡esa era la solución !! Ceres se le rompió y ahora lo usaría para su pequeña travesura. No quería romper la Tierra como le había pasado antes, así que eligió uno de los pequeños trozos de su amado planeta roto, de aquel que la hizo llorar. Eligió uno bastante pequeño, y lo impulsó haciéndolo salir de su órbita. Así lo último que vieron millones de gigantes fue como una preciosa estela aparecía en el cielo y chocaba con la tierra. Toda el suelo tembló y minutos después el cielo dejó de ser azul y pasó a un gris cenizo. Y así permaneció minutos en el tiempo de la diosa y años en el tiempo de la Tierra. Las plantas se empezaron a morir por no poder hacer la fotosíntesis, y los animales que se alimentaban de ellas murieron de hambre. Y como todo es ese planeta estaba en perfecto equilibrio, después de los hervíboros, los animales que se alimentaban de ellos también cayeron, y los todopoderosos y terribles reyes del planeta dejaron de existir. Y la diosa pensó que no volvería a utilizar a Ceres, y que tal vez, solo tal vez, debería haber utilizado un misil un poco más pequeño. Pero estaba hecho, ya no había vuelta atrás. Se fue a la cama un poco abatida, pensando que lo mismo al despertar solo quedarían bacterias y toda la evolución tendría que empezar de nuevo. Mañana pensaría que hacer con todo el desaguisado que había montado en un rato. Y así cerrando los ojos, fue como el cuarto día, la diosa dio una oportunidad a los mamíferos.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Génesis III. La vida se abre paso

Se levantó llena de energía. Todo estaba saliendo bien. No existía ningún plan, solamente con concentrarse creó el big bang, solamente con apretar una nube de gas y había creado un precioso sistema solar. Ceres se le había estropeado un poco, pero a cambio sus lágrimas habían producido satélites. Al final el azar la había favorecido. Iría a ver de nuevo aquel rincón tan peculiar, en el que había dos planetas que le habían parecido interesantes. Marte y Tierra. Eran ideales, ni demasiado fríos ni demasiado calientes, algo pequeños, pero aquel no era un experimento con grandes pretensiones, era casi una obra de teatro, iba a jugar a crear vida. En el último universo había usado el silicio, esta vez usaría un material más ligero, tal vez carbono, tenía todo el día para decidirlo. El carbono daba mucho juego, podía crear muchos compuestos con enlaces covalentes, si se combina con hidrógeno, oxígeno y nitrógeno... no pensaría más en la química de la vida. Dejaría que su propio ADN se ocupara de eso, un poco de componente estocástico y el espectáculo estaba servido.

Miró ambos planetas. La Tierra estaba en plena actividad volcánica. El día anterior olvidó soplar para que se fuera enfriando. Así que sopló aire gélido sobre la Tierra, y observó como poco a poco los volcanes se iban apagando. Miró a Marte, era un planeta muy oxidado, demasiado frío, solo tenía una gota para intentar el milagro, así que volvió a soplar sobre la Tierra. Aquel sitio era ideal. había un montón de agua por todos sitios, allí cuajaría la vida, una vida basada en el carbono, creada con su propia información genética, la doble hélice estaría presente en todas sus formas. Puso sus pies sobre la corteza de ese pequeño rincón de su universo, sacó un alfiler y se pinchó un dedo. Una pequeña gota de su sangre de diosa salió de su piel y cayó a una charca poco profunda, el milagro estaba punto de ocurrir.

Su ADN se deshizo en el agua, las radiaciones ultravioletas se encargaron de disgregarlo. La capa de ozono aún era demasiado fina para filtrarlas, algo tendría que hacer con eso. Era complicado crear vida si los nucleótidos y los ácidos nucleicos se rompían y se desordenaban constantemente. La información para la vida era fundamental, no había forma de crear proteínas si no llevaban un orden lógico. Se hizo muy pequeña, para observar de cerca qué estaba ocurriendo. Vio como parte de sus células se deshacían y sus mitocóndrias mutaban convirtiéndose en los primeros organismos procariotas. ¡ Bien !- pensó la Diosa, la diversidad biológica estaba servida. Cogió parte de estos primeros seres vivos y los esparció por el mundo. Rápidamente se estaban creando miles de especies de bacterias y también de organismos unicelulares eucariotas. Alguno de ellos era verde y usaba la energía que les proporcionaba de su pequeña estrella Sol, mientras que otros tomaban su energía de su entorno. A mediodía del tercer día empezaron a aparecer los organismos pluricelulares, y pudo ver ilusionada como una niña, como estos diferenciaban sus células y se convertían en minúsculos animales y minúsculas algas. Como los estomatolitos se fosilizaban en aguas poco profundas. Las algas expulsaban oxígeno y este se iba convirtiéndose en ozono, que filtraba las radiaciones. Aun así la vida se abrió paso en todas las formas imaginables. Le faltaban ojos para contemplar los cambios que se estaban produciendo en las aguas de dentro y fuera de Pangea. Y la vida pasó también al mar. Si se detenía a mirar una esponja aparecían mientras un par de especies nuevas de trilobites, aquello era de locos. Si la formación de su universo había sido un espectáculo de luces, la de la vida en ese roca orbitando alrededor de una estrella pequeña, era un espectáculo de formas. Su información genética en esas condiciones estaba dando resultados asombrosos. Todo lo que se estaba creando era increíblemente diverso, toda la vida bullía en la parte azul del planeta, pero tierra firme era estéril y aburrida. La atmósfera y la tierra firme parecía una barrera infranqueable para esa vida que se desarrollaba con una energía y crueldad sin límites dentro del agua. Había demasiado espacio desaprovechado, habría que hacer algo con él. Entonces movió Pangea hacia el sur, esta se rompió y de un continente muy grande se crearon dos. Gondwara fue hacia el sur a la deriva y el planeta se enfrió. Y toda aquella expansión casi histriónica fue decayendo. Cientos de especies empezaron a morir en masa, pero la Diosa no hizo nada para evitarlo. Estaba terminando el día y éste había sido muy intenso, estaba cansada y su trabajo por ese día había concluído, no haría nada de momento. Mañana observaría que había ocurrido durante la noche. Aún quedaban miles de especies llevando su doble hélice en cada una de sus células. Y así fue como el tercer día, la Diosa creó la vida en el planeta Tierra.

viernes, 31 de octubre de 2014

Génesis II. El sistema solar

Se levantó de un humor excelente. Había soñado con su creación. Sus hermanos ya no se reirían de sus fracasos, esta vez iba a conseguir algo de lo que sentirse orgullosa. Cuando todo esto estuviera acabado les llamaría para enseñárselo. Su universo esta vez no tendría nada que envidiar los maduros, aburridos y ordenados de sus hermanos, ni siquiera a los alegres y vacíos universos de sus padres. No habían creído en ella, pero ahora tendrían que hacerlo. Miró de nuevo su obra y sonrió satisfecha. Elegiría una nube de gas para seguir dándole forma. Sopló sobre varias que tenía cerca, que se arremolinaron en forma de espiral. No, esas no las quería, no iba a plantearse si por capricho o mera intuición. Siguió buscando hasta que encontró una nube de tamaño mediano que empezaba a generar por si sola sus puntos brillantes. Estaba suficientemente lejos de la mayoría de la antimateria y de los agujeros negros; esa nube podía valer. No le gustaban los agujeros negros, eran excesivamente voraces, inmisericordes, podían hacer desaparecer cualquier cosa, hasta el tiempo se ralentizaba en su vórtice y se detenía dentro de ellos. Tampoco había gusanos de tiempo cerca, le desagradaba la idea de molestarse en crear algo para tener que buscarlo por las coordenadas espacio-tiempo.

Se acercó a la nube elegida, estaba caliente y emitía luces rosadas. La cogió con su mano y se le deshizo en dos patas. Tiene buena pinta, pensó. Cogió una de las ramas y aplastó un trozo con fuerza mientras soplaba aliento sobre ella. De su mano surgió un precioso sistema planetario. La estrella central le había quedado un poco pequeña, pero podría valer como experimento, contó el número de planetas que orbitaban a su alrededor, diez, un buen número, el mismo que el de los dedos de sus manos. No sabía si la masa rocosa del fondo lo podría considerar como algo. Tampoco estorbaba, lo dejaría allí. Diez, los suficientemente pocos como para no tener que buscar en demasiados sitios para encontrar el idóneo, habría alguno lo suficientemente frío y lo suficientemente caliente. Tal vez tendría que colocar un poco las órbitas. Podría colocarlas con alguna proporción matemática, otras veces había elegido una ecuación muy simple a=0,4+0,3k, se adaptaba perfectamente a las leyes gravitatorias. Si no funcionaba lo único que tendría que hacer es comenzar el experimento de nuevo. No había prisa, tenía un precioso universo lleno de gas y de energía para crear un lugar idóneo para esa criatura con quien estaba soñando… bien, ya quedaba menos. Las órbitas eran elípticas, las ideales, quería proporcionar a esos nuevos mundos un componente estocástico. A pesar de ser matemática y arquitecto, le apasionaba el método científico, prueba-error, eso es lo que la llevó a diseñar el espectro lumínico, y las radiaciones gamma, bueno, no siempre todo salía a pedir de boca.

La estrella le había quedado pequeña, pero aquel era un experimento sin grandes pretensiones, un boceto para divertirse un rato. En los otros sistemas planetarios las órbitas terminaban colapsando, estas tenían las ventaja de ser elípticas, empezó a colocarlas, sería sencillo. A la estrellita que se quedó en el centro la llamó Sol, era demasiado pequeña para darle un nombre más largo, con ese nombre tendría suficiente. El primer planeta estaba bien colocado, se alegro de no tener que moverlo, era pequeño pero tenía pinta de estar demasiado caliente. Caliente como el mismo infierno. Tenía que poner un nombre a esa pequeña masa casi incandescente. Se acordó de su primo Mercurio, al que le encantaba ir y venir de su casa a las puertas del Aberno, ese era un buen nombre, su primo era también corto de talla. Y así fue como el planeta más cercano al sol fue llamado Mercurio.


Agarró el siguiente planeta y lo juntó un poco a Mercurio. De inmediato su agua se evaporó y creó una atmósfera blanca llena de nubes. El planeta dejó de ser una roca orbitando alrededor del sol para convertirse en un algodón, algo suave, amoroso, blanco... Los primeros planetas habían sufrido mucho presión bajo su mano, por eso eran planetas rocosos, pero a los últimos los había aplastado menos y se habían convertido en planetas gaseosos, mucho más grandes. Miró con cariño ese pequeño planeta rocoso convertido en algodón de azúcar puesto en su órbita definitiva. Estaba demasiado cerca del sol. Un nombre surgió de su cabeza, lo llamaría Venus, como su compañera de colegio. Aquella niña de aspecto delicado y corazón duro que tantos ratos la había acompañado de camino a casa. Venus era un buen nombre, sería su pequeño homenaje a su amiga de la infancia.


Continuó su camino por sus planetas y llegó a encontrarse con una masa rocosa no excesivamente grande y de colores pardos y blancos, se encontraba demasiado lejos del sol, ajustó la órbita a su ecuación y el planeta se transformó, de su superficie surgieron volcanes que llenaron el cielo de fuegos artificiales y se formó una gigantesca charca de agua. El planeta quedó en dos colores, el rojo intenso del magma y el azul relajante del agua. Diosa quedó mirando su obra, aquel planeta bicolor podría servirla, pero eso sería más tarde, tendría que enfriarse un poco. Ahora era fundamental ajustar las órbitas de todos aquellos astros y había perdido mucho tiempo en los primeros, tenía que darse prisa.


Se fijó en el cuarto, era un planeta rojo, muy parecido de tamaño al anterior, también podría ser un buen candidato para su obra. Así fue ajustando órbitas y dando nombre a todos los planetas. Tierra, Marte, Ceres, Júpiter,Saturno, Urano, Neptuno, y terminó con un pequeñó planetoide sin ninguna transcendencia al que llamó Plutón. Se entretuvo un rato creando un anillo alrededor de Saturno, por el simple hecho de hacer algo distinto, de hacer una diferencia en sus planetas grandes.


Observó el movimiento de su nueva creación, y se dió cuenta que la órbita de Ceres se había vuelto irregular y que se iba a chocar con Marte. Oh no !! había perdido demasiado tiempo creando un anillo que no servía de nada y ahora todo podía colapsarse. Corrió hacia Ceres, lo agarró con su mano, con tanta fuerza que el planeta saltó en mil pedazos, que siguieron orbitando como si nada hubiese ocurrido. Acababa de romper la sintonía del sistema. Lloró de rabia y sus lágrimas cayeron en el sistema y se convirtieron en satélites, su última lágrima la movió con cariño al planeta bicolor y de inmediato se puso a orbitar alredor, como una pequeña perla blanca en medio del vacío. Así fue como el segundo día Diosa creó el Sistema Solar.